Pero Valerius y Lady Elara si sabían que había despertado y debian actuar ante el reconocimiento y la aceptación se hicieran mas fuerte, debían acabar con la amenaza. El aire no se enfrió simplemente se detuvo, el tiempo mismo pareció encallarse en el desfiladero justo cuando Lady Elara y Valerius alzaron sus armas para ejecutar la sentencia de muerte pero antes de que el primer hechizo impactara, la tierra no se desgarró para destruir sino que exhaló un suspiro de reconocimiento ancestral.
De las grietas no brotaron monstruos hambrientos en su lugar, una niebla primordial, densa y plateada se elevó como una marea silenciosa y consciente.
Sin embargo, el ataque jamás llegó. Ante los ojos atónitos de los licántropos, la penumbra se entrelazó con ellos en un abrazo casi tierno. La niebla plateada envolvió a cada guerrero de la manada Blackwood, cristalizándose en armaduras de humo sólido que pulverizaron las flechas de los vampiros y disiparon los rayos esmeralda de las brujas.
El Abismo no había venido a devorarlos había venido a blindarlos, los lobos que siempre habían temido a lo desconocido sintieron de pronto que las sombras eran una extensión de su propia piel, otorgándoles una fuerza y una velocidad que desafiaba toda lógica.
Vespera, suspendida en el epicentro del caos, sintió un rugido ancestral en su propia sangre. En el murmullo del vacío ya no escuchaba hambre sino las voces de sus antepasados, de los Ancestros su verdadero linaje. Ellos reconocían en ella su luz estelar y en los lobos, a los únicos que habían ofrecido calor a la heredera del vacío, de la nada.
Kaelen sintió cómo la oscuridad del Abismo se fundía con su propia aura de Alfa dándole una potencia salvaje hacía vibrar sus huesos como si fuera un dios de la guerra. Durante generaciones su especie había luchado contra la oscuridad de los bosques, pero esto era distinto no era una maldición era un manto dinástico.
A su alrededor los suyos luchaban con una ferocidad sobrenatural, protegidos por sombras que desviaban los golpes mortales y cerraban sus heridas, al ver a sus guerreros sanar al mínimo contacto con la niebla, una certeza absoluta lo inundó Vespera no era su perdición, sino la salvación que su estirpe llevaba siglos esperando.
Vespera descendió y le tendió nuevamente la mano y en el instante en que sus dedos se entrelazaron, el fuego solar del licántropo y la plata del Abismo estallaron en una onda expansiva de soberanía absoluta. El Abismo rugió con la voz de la joven barriendo a los clanes agresores con una gravedad aplastante que obligó a vampiros y brujas a hincar la rodilla contra el suelo ante el nuevo poder.
Lady Elara sintió el impacto del golpe no solo en su cuerpo, sino en su orgullo el suelo rocoso laceró sus rodillas mientras intentaba, en vano, canalizar su magia esmeralda. «ñEs imposible, se desesperó internamente, sintiendo cómo el flujo de la tierra le daba la espalda para rendir pleitesía a la chica. El tablero político que había construido pacientemente durante décadas se desmoronaba en segundos, el poder absoluto ya no le pertenecía al Consejo la balanza del mundo acababa de romperse a favor de unos perros sarnosos y una paria. El miedo, un sentimiento que creía haber desterrado hacía siglos, le atenazó la garganta.
Lady Elara y Valerius retrocedieron, paralizados por el terror al ver que la mayor amenaza del mundo ahora servía de escudo de la manada, el Abismo no había llegado para consumir la vida sino para escoltar a su verdadera reina y a los guerreros que eligieron ser su hogar cuando el resto del mundo le dio la espalda.