El silencio que siguió a la declaración de Vespera pesaba más que la propia gravedad del Abismo, nadie se movía. Los orgullosos guerreros de los clanes vampíricos y las altivas brujas del Consejo continuaban de rodillas, con las frentes casi rozando la roca negra que la nieve derretida había dejado al descubierta para Lady Elara, cada segundo en esa posición era un azote directo a sus siglos de existencia.
Valerius fue el primero en intentar romper el yugo físico con las fauces apretadas y los colmillos al descubierto, el señor de los vampiros empujó contra la presión invisible que nacía de las manos entrelazadas de Vespera y Kaelen sus músculos hiperdesarrollados temblaron y las venas oscuras de su cuello parecieron a punto de estallar bajo la piel pálida, logró levantar el torso apenas unos centímetros, solo para recibir una mirada de plata líquida por parte de la joven. La presión se duplicó instantáneamente, obligándolo a morder el polvo con un crujido seco de sus dientes.
Lady Elara, manteniendo una fachada de gélida dignidad a pesar de tener las rodillas laceradas por la piedra, levantó la cabeza despacio su cabello plateado antes impecable, caía en desorden sobre su rostro. Sus ojos esmeralda, despojados de la magia de la tierra que siempre la había obedecido, recorrieron las armaduras de humo sólido que protegían a los licántropos de Blackwood. Los lobos ya no la miraban con el respeto temeroso de los vasallos la miraban con la fría suficiencia de quienes se saben intocables.
El pánico sutil pero real, destelló en las facciones de Elara, ella conocía el temperamento del Alfa pero el Kaelen que tenía delante ya no era solo el líder de una manada de lobos era el consorte de una fuerza primordial.
Vespera dio un paso al frente el humo plateado se apartó a su paso, abriendo el círculo sagrado. Miró a la bruja desde su nueva e incontestable altura. La corona invisible de la que hablaban las Voces parecía pesar sobre sus hombros, dotándola de una soberanía aterradora.
Vespera cerró el puño y al instante la opresión gravitatoria que aplastaba a los invasores se disipó de golpe, el cambio fue tan abrupto que varios vampiros cayeron de costado, jadeando por un aire que les había sido negado.
La retirada fue un espectáculo deplorable para quienes se consideraban la cúspide del mundo, Valerius se puso en pie con torpeza, limpiándose la sangre noble de los labios con el dorso de la mano no hubo discursos de despedida, ni miradas de advertencia que sostener el señor de los vampiros dio la espalda a la manada, encorvado por el peso de una derrota total y comenzó a descender la montaña a paso rápido, seguido por sus guerreros que guardaban las espadas con manos temblorosas.
Lady Elara se levantó lentamente, rehusando la ayuda de una de sus brujas subordinadas, se sacudió los restos de nieve sucia de la falda, intentando recomponer su posturapero el daño ya estaba hecho su magia seguía en silencio, negándose a responderle en presencia de Vespera. Antes de cruzar el umbral de la niebla que comenzaba a retirarse montaña abajo, Elara miró hacia atrás una última vez.
La imagen quedó grabada a fuego en su mente para las décadas venideras los hombres lobo envueltos en armaduras de humo plateado, el Alfa Kaelen con los ojos dorados brillando y en el centro, la joven paria que acababa de romper el equilibrio del mundo con un solo parpadeo.
La consejera dio la vuelta y se adentró en la niebla huyendo del desfiladero junto a los restos de su ejército. El tablero político que le había tomado siglos construir no solo se había desmoronado acababa de ser reducido a cenizas por el suspiro de un poder antiguo que creía bajo su control.