Sangre Proscrita. El Trono de los Lobos

EL ECO DEL SILENCIO

La última silueta de la retaguardia vampírica se disolvió en la bruma del desfiladero, devorada por la distancia de la montaña solo entonces, el viento de la cumbre volvió a soplar con normalidad arrastrando los restos del olor a azufre, ozono y la sangre que no llegó a derramarse. El peligro inmediato se había marchado, pero la atmósfera en el paso de Blackwood seguía siendo tan densa que apenas se podía respirar.

Nadie se movió durante varios segundos los guerreros de la manada permanecían firmes, pero la naturaleza misma de su poder había cambiado. Poco a poco, la niebla plateada que envolvía sus cuerpos comenzó a retraerse las armaduras de humo sólido que habían pulverizado las flechas y disipado los rayos esmeralda se esfumaron en el aire como jirones de vapor, regresando a las grietas de la roca negra. Al perder el contacto con el manto primordial, un escalofrío colectivo recorrió a los licántropos.

El silencio que siguió fue sepulcral, los lobos una estirpe criada en el culto a la fuerza física, la carne y la sangre, miraban sus propias manos con una mezcla de reverencia y espanto, sentían el eco residual de una potencia que no les pertenecía, una velocidad que desafiaba sus propios límites biológicos.

Jarek fue el primero en romper la inmovilidad, el enorme guerrero bajó lentamente su pesada hacha, que hasta ese momento había mantenido en posición de guardia. Sus nudillos, antes blancos por la tensión, regresaron a su color natural miró a Vespera, que aún permanecía a unos pasos de Kaelen, y luego miró a su alrededor.

  • ¿Qué... qué demonios fue eso? - la voz de Jarek, habitualmente un trueno que infundía respeto, sonó extrañamente ronca, despojada de su habitual seguridad - Mis heridas... el corte que me hizo esa maldita bruja en el costado... desapareció. No tengo ni una cicatriz.

El murmullo se extendió como la pólvora entre las filas de Blackwood los guerreros comenzaron a revisarse unos a otros, se tocaban el pecho, los brazos, los rostros donde los impactos mágicos debieron haber dejado quemaduras o mutilaciones no había nada la niebla del Abismo los había sanado instantáneamente al menor contacto.

  • No era magia de la tierra - susurró una de las sanadoras de la retaguardia, con los ojos abiertos de par en par mientras se agachaba para tocar la roca desnuda que Vespera había desenterrado - Tampoco era una maldición se sentía... antigua, más vieja que los primeros árboles de este bosque.

Las miradas de los lobos comenzaron a converger en un solo punto, Vespera.

El miedo, ese instinto primario que los licántropos canalizaban a través de la agresión, empezó a flotar en el aire algunos de los guerreros más jóvenes dieron un paso atrás de manera inconsciente, apretando los dientes, con las orejas gachas en sus formas medio transformadas, para una especie que temía a la oscuridad y al vacío de los mitos antiguos, ver que ese mismo vacío los había defendido como si fueran sus propios cachorros provocaba una confusión insoportable. Ella ya no era la paria desamparada que la manada toleraba por orden del Alfa era una entidad que caminaba entre ellos con los ojos de plata líquida, capaz de poner de rodillas al Consejo entero.

  • ¡Silencio! - el rugido de Kaelen cortó el murmullo de raíz, devolviendo el orden militar a la manada.

El Alfa dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre los guerreros y Vespera no para protegerla a ella, sino para marcar su territorio y recordarles quién seguía al mando. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad salvaje, reflejando el poder que aún vibraba bajo su propia piel el aroma a cuero y tormenta que desprendía era más fuerte que nunca, cargado de una autoridad indiscutible.

Kaelen barrió a sus hombres con la mirada, obligando a cada uno de los capitanes a bajarle la mirada.

  • Le plantamos cara al Consejo y a las cortes de la noche - declaró Kaelen y su voz resonó contra las paredes de piedra - Vinieron a cazarnos en nuestra propia casa y se marcharon arrastrándose como alimañas. Hoy ningún lobo de Blackwood cayó, hoy la sangre de nuestra estirpe no alimentó la tierra.

Un tibio clamor comenzó a surgir entre los veteranos pero la tensión seguía allí, palpable, flotando sobre la nieve derretida.

Jarek dio un paso adelante, midiendo sus palabras con cuidado sabiendo que desafiar al Alfa en este momento era peligroso pero su deber como guerrero lo obligaba a hablar.

  • Kaelen... los hombres están confundidos -dijo Jarek en voz baja, asegurándose de que solo los más cercanos pudieran oírlo - Aceptamos a Vespera porque tú lo ordenaste pero lo que acaba de pasar... esa sombra, esas voces... El Abismo no es nuestro aliado desde el inicio de los tiempos nos enseñaron a odiarlo y a temerle ¿Cómo se supone que debemos mirar a la mujer que lo controla?

Antes de que Kaelen pudiera responder, Vespera dio un paso hacia el lado, saliendo de la sombra del Alfa. La plata líquida de sus ojos había comenzado a retirarse, revelando de nuevo sus pupilas originales, pero la estática en su voz seguía presente, un sutil zumbido que hacía que el aire vibrara.

  • El Abismo no se controla, Jarek - dijo Vespera, sosteniendo la mirada del guerrero con una calma que helaba la sangre - Le pertenece porque el asi lo decide, los Ancestros no los ayudaron porque yo se lo haya ordenado, los defendieron porque estaban protegiendo su sangre. A partir de hoy, nuestros destinos están encadenados, les guste o no.

Vespera miró a la manada entera ya no había rastro de la joven que dudaba de su lugar en el mundo, la corona invisible de la que hablaban las Voces en su cabeza ya se había asentado firmemente sobre ella.

  • Si prefieren el frío de la muerte a manos de las brujas o los vampiros antes que el escudo de mis sombras, la frontera está abierta, esta guerra no ha terminado - sentenció dando la vuelta hacia la senda que conducía al corazón del bosque de Blackwood - Pero si se quedan, acostúmbrense a la oscuridad porque el mundo vendrá por nosotros y el Abismo es lo único que nos mantendrá en pie.




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