Sangre Proscrita. El Trono de los Lobos

SUSURRÓS EN LA OSCURIDAD

Kaelen caminaba a paso rápido con la mirada fija en el suelo embarrado por la nieve derretida, el aroma a pino húmedo y el humo de las fogatas no lograban disipar la tensión que flotaba en el aire. La victoria en el desfiladero no había traído celebración sino un silencio espeso y vigilante.

Antes de que pudiera alcanzar la cabaña del consejo de guerra, cuatro de sus guerreros más experimentados salieron de entre los árboles, cortándole el paso. Al frente del grupo estaba Silas, un rastreador veterano que había servido a la manada desde la época del padre de Kaelen. Su rostro, surcado por viejas cicatrices, estaba inusualmente pálido y sus ojos se movían con un nerviosismo que no encajaba con un lobo de su rango.

  • Alfa - dijo Silas bajando la cabeza brevemente en señal de respeto, aunque su cuerpo permanecía rígido como una cuerda tensa.
  • Silas - Kaelen se detuvo, cruzando los brazos sobre el pecho. Su aura de mando se impuso de inmediato, detectando el aroma a miedo rancio que emanaba del grupo - ¿Qué pasa? Deberías estar supervisando la guardia en el flanco oeste.

Los guerreros se miraron entre sí ninguno quería hablar primero, hasta que Silas apretó los puños y dio un paso al frente bajando la voz para que las palabras no viajaran más allá de ellos.

  • Estábamos en el flanco oeste, Kaelen pero tuvimos que replegarnos - confesó el veterano tragando saliva- No es el enemigo, los vampiros y las brujas huyeron de la montaña, no hay rastro de ellos en kilómetros. El problema es lo que quedó aquí.

Kaelen entrecerró sus ojos dorados, sintiendo un leve presentimiento en el pecho.

  • Habla claro. ¿Qué encontraron?
  • No lo encontramos, nos encontró a nosotros -intervino otra de las guerreras, una joven llamada Maeve, cuya mano temblaba visiblemente sobre el pomo de su daga - Desde que regresamos del desfiladero, las sombras... ya no se comportan como antes. En los bordes del bosque donde la luz de las antorchas no llega, la oscuridad se mueve sola. No tiene forma de monstruo, Alfa es como si el aire se volviera denso.
  • La niebla del Abismo se retiró - replicó Kaelen con firmeza, intentando cortar el pánico antes de que se extendiera - Vieron cómo regresó a las grietas de la roca, lo que sienten es la adrenalina del combate.
  • No es adrenalina, Alfa - lo interrumpió Silas, con una gravedad que congeló el ambiente - Las sombras nos hablan.

El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto Kaelen desató los brazos, dejando caer las manos a los lados, listo para cualquier señal de locura o insurgencia. Sin embargo, en los ojos de sus guerreros solo había un terror genuino y desamparado.

  • ¿Qué quieren decir con que les hablan? - exigió Kaelen con un tono peligrosamente bajo - Los lobos no escuchamos voces, no somos brujos.
  • No es un sonido que se escuche con los oídos + explicó Silas, tocándose la sien con un dedo tembloroso - Es un susurro dentro de la cabeza. Suena como... como arena arrastrada por el vientoo como mil personas hablando al mismo tiempo en un idioma que no entendemos, pero que nuestro lobo interior sí comprende.
  • A mí me llamó por mi nombre de cachorra - susurró Maeve, con los ojos fijos en el suelo - Me dijo que el frío ya no podía hacerme daño que ahora éramos parte de la misma manada, del mismo vacío.

Kaelen sintió que la mandíbula se le tensaba, el recuerdo de las armaduras de humo plateado que habían protegido a sus hombres regresó a su mente el Abismo no solo los había blindado físicamente; había dejado una marca en ellos, un vínculo invisible que ahora se negaba a romperse. La influencia de Vespera se estaba extendiendo por la manada como un veneno silencioso o una bendición no solicitada.

  • ¿Alguien más lo ha escuchado? - preguntó Kaelen, barriendo al grupo con una mirada gélida.
  • Casi toda la patrulla del oeste - respondió Silas - Algunos hombres están encerrados en sus tiendas, intentando bloquear el ruido. Los lobos están inquietos, Kaelen el instinto nos dice que huyamos de nuestro propio territorio no sabemos si nos están vigilando, si nos están reclamando... o si esa chica nos ha maldecido para siempre.
  • Vespera no los ha maldecido - sentenció Kaelen, dando un paso al frente para imponer su autoridad física sobre el grupo - Ella nos salvó de una ejecución segura. Si las sombras están aquí, es porque el escudo sigue levantado.
  • Un escudo que nos habla no es un escudo, Alfa es una jaula - replicó Silas, sosteniendo la mirada del Alfa con desesperación - Tienes que hablar con ella, tienes que hacer que detenga esto. La manada puede luchar contra ejércitos de carne y hueso pero no podemos gobernar un territorio donde los árboles y la oscuridad nos susurran al oído cuando intentamos dormir.

Kaelen guardó silencio por un instante, procesando la magnitud del problema sabía que Silas tenía razón en algo el pánico interno destruiría a Blackwood mucho más rápido que cualquier ataque del Consejo.

  • Regresen a sus puestos - ordenó Kaelen y su voz no admitió réplica - Nadie va a encerrarse en sus tiendas. Mantengan las fogatas encendidas y concéntrense en sus tareas, yo me encargaré de esto.

Los guerreros dudaron un segundo, pero la orden del Alfa era absoluta Silas asintió despacio, hizo una última reverencia y guio al grupo de regreso hacia los linderos del bosque, mirando de reojo cada mancha de oscuridad que se formaba entre los pinos.

Kaelen se quedó solo en el sendero miró hacia las sombras que se arrastraban bajo las raíces de un árbol cercano y por un breve milisegundo, le pareció percibir un sutil zumbido vibrando en el aire.

Sin perder un segundo, el Alfa dio la vuelta y se dirigió a paso firme hacia donde la joven se encontraba decidido a exigir las respuestas que ya no podían esperar.




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