El campamento en los límites de Blackwood era, por primera vez, un lugar de quietud. Las hogueras ardían con un fuego inusual, teñido de destellos plateados y los guerreros de la manada descansaban bajo una vigilancia que ya no era necesaria las sombras del bosque parecían susurrar protección en lugar de amenazas.
Kaelen encontró a Vespera en un saliente rocoso, mirando hacia la Ciudad de Plata que se vislumbraba en el horizonte la luz de su pecho se había asentado en un resplandor tenue, como una estrella en calma sin embargo, los cambios eran innegables la marca del Abismo una delicada red de líneas plateadas ahora recorría también el antebrazo del Alfa, brillando con suavidad bajo su piel.
Él se sentó a su lado guardando una distancia que ya no se sentía como una barrera sino como un espacio de respeto.
Vespera soltó un suspiro largo, dejando que el aire gélido llenara sus pulmones antes de responder.
Kaelen guardó silencio por un momento, bajando la vista hacia la marca en su brazo. Sentía cómo latía en perfecta sincronía con el corazón de ella.
Vespera se giró para enfrentarlo, la vulnerabilidad que antes la aterraba ahora se sentía como su mayor fortaleza estiró la mano y con una delicadeza que le robó el aliento al Alfa, trazó la línea plateada que recorría el brazo de él.
Kaelen cerró los dedos sobre la mano de ella, entrelazándolos con firmeza. El calor solar de su sangre de lobo y el frío ancestral del vacío se anularon al contacto, creando una temperatura perfecta, un equilibrio absoluto.
Vespera cerró los ojos, permitiéndose por fin apoyarse en él en esa primera noche de paz verdadera ambos comprendieron que su vínculo no era una cadena, sino la primera piedra de un nuevo imperio, uno que ninguno de los dos había buscado, pero que ambos estaban listos para gobernar.