El primer rayo de sol se filtró entre las copas de los pinos cargados de nieve, pero el amanecer en el campamento de Blackwood no trajo la luz dorada habitual, la claridad de la mañana se fundió con el resplandor de las fogatas, creando una luz limpia que calmaba las sombras del bosque sin destruirlas. El aire ya no se sentía congelado, la temperatura en el perímetro se había estabilizado en una calidez extraña, como si la naturaleza misma se hubiera ajustado para recibirlos.
Kaelen bajó del saliente rocoso a paso firme con Vespera caminando a su lado la manada ya estaba despierta ningún lobo había dormido del todo, pero en sus rostros no había rastro del cansancio o la paranoia de la noche anterior. Los guerreros se encontraban reunidos en el centro del campamento, hablando en voz baja hasta que la silueta del Alfa y la joven apareció frente a ellos.
El silencio se apoderó del lugar de inmediato. Jarek, Silas y Maeve dieron un paso al frente en representación de los capitanes todas las miradas se posaron de inmediato en el antebrazo de Kaelen.
La manga de su camisa estaba recogida, dejando al descubierto la delicada red de líneas plateadas que ahora formaba parte de su piel. A la luz del día, la marca del Abismo no parecía una cicatriz ni una quemadura brillaba con suavidad, latiendo al ritmo de su pulso de Alfa. Cuando Kaelen alzó la mano, los destellos plateados en su piel reflejaron la luz ámbar de sus ojos, mostrando una unión perfecta de su fuego solar y la penumbra primordial.
Silas dio un paso adelante, observando a Vespera. El veterano rastreador ya no tenía el rostro pálido ni las manos temblorosas.
Vespera miró a los guerreros. La estática en su voz había desaparecido, sustituida por una claridad firme que transmitía una autoridad innata.
Kaelen barrió a su gente con su imponente mirada dorada. El aura de mando que desprendía era mucho más fuerte que el día anterior la marca en su brazo potenciaba su estatus de Alfa, dándole una presencia imponente ante sus subordinados.
Un rugido unísono estalló entre los guerreros, los capitanes alzaron sus armas y el clamor de la manada hizo eco en las montañas. Ya no había confusión ni dudas en sus ojos lla aceptación era total. Los lobos habían comprendido que la oscuridad que siempre temieron se había convertido en su armadura más fuerte y que la paria que una vez ignoraron era ahora la luna que guiaría su nuevo camino.
El sol terminó de levantarse sobre Blackwood, iluminando a una manada que ya no pertenecía al viejo mundo, lista para marchar bajo el manto de la sombra y el fuego.