Sangre Proscrita. El Trono de los Lobos

Lady Elara y Valerius ante el Consejo

El Gran Salón de la Ciudad de Plata era un monumento a la soberbia de las altas estirpes grandes columnas de mármol blanco se elevaban hacia un techo abovedado donde los reflejos del sol creaban una atmósfera de pureza artificial. En el centro de la estancia, sobre un estrado semicircular, se sentaban los líderes de los clanes vampíricos más antiguos y las sumas sacerdotisas del Consejo de Brujas. Todos vestían ropajes de seda e hilos de oro, un contraste absoluto con la brutalidad del mundo exterior.

Las pesadas puertas de bronce se abrieron de golpe, quebrando la paz del recinto.

Lady Elara y Valerius entraron a paso apresurado. La pulcritud que siempre los caracterizaba había desaparecido, Elara caminaba con una rigidez inusual, ocultando bajo sus largas faldas las heridas de sus rodillas laceradas su rostro estaba pálido y sus manos, despojadas del brillo esmeralda de su magia, temblaban levemente. A su lado, Valerius avanzaba con la mandíbula apretada y una expresión de furia contenida, con la capa rasgada y restos de polvo del desfiladero aún visibles en sus botas nobles.

  • ¿Qué significa este desorden? - tronó la voz de Lord Cassian, el líder supremo del Consejo de Vampiros, un anciano de facciones afiladas y ojos fríos como el hielo - Se suponía que regresarían con la cabeza de la paria y el sometimiento de los lobos de Blackwood. ¿Dónde está la ejecución que prometieron?

Lady Elara se detuvo ante el estrado intentó adoptar su postura diplomática habitual, pero la humillación pesaba demasiado.

  • La misión fracasó - declaró Elara y su voz siempre melodiosa sonó agrietada - La paria... Vespera... ya no es una simple amenaza durmiente el Abismo despertó por completo en ella.

Un murmullo de incredulidad y burla recorrió el salón. Una de las sumas sacerdotisas, una mujer de cabellos dorados llamada Milene, soltó una risa seca desde su asiento.

  • ¿El Abismo? Por favor, Elara. Has pasado décadas gobernando la tierra y ahora regresas asustada por los trucos de una chica moribunda y unos cuantos perros sarnosos. ¿Dejaste que el miedo te arrebatara la cordura?
  • ¡Cállate, Milene! - rugió Valerius, dando un paso al frente y golpeando el suelo con el pomo de su espada de forma tan violenta que el mármol se agrietó - No tienes idea de lo que pasó en esa montaña mis mejores guerreros cayeron de rodillas sin que nadie los tocara, la gravedad misma nos aplastó contra el suelo. Vimos con nuestros propios ojos cómo las sombras ignoraban nuestros ataques como si fuéramos humo.

Lord Cassian se inclinó hacia adelante, entrelazando sus dedos pálidos. Su expresión pasó de la burla a una sospecha peligrosa.

  • Explícate, Valerius. Los licántropos son fuertes, pero no poseen magia. Una sola de nuestras divisiones de brujas debería haber quemado sus bosques hasta las cenizas.
  • Ya no son solo lobos - intervino Elara, interponiéndose antes de que la ira de Valerius empeorara las cosas - El Abismo no los destruyó, los eligió. Vimos cómo una niebla plateada envolvía a la manada Blackwood, cristalizándose en armaduras de humo sólido. Mis rayos esmeralda se disiparon al tocarlos y las flechas de los vampiros se pulverizaron. El vacío los blindó y los sanó de inmediato. El Alfa Kaelen ahora lleva la marca del Abismo en su propio brazo.

Esta vez, el silencio que cayó sobre el Gran Salón fue sepulcral. Las brujas se miraron entre sí con rostros desencajadosy los vampiros del Consejo apretaron los puños sobre los brazos de sus tronos. La mención de una alianza entre la fuerza bruta de los licántropos y la energía primordial del Abismo rompía el equilibrio político que les había tomado siglos construir.

  • Esto es inaceptable - dijo Cassian y esta vez su voz no era un trueno sino un siseo cargado de veneno - Los lobos siempre han sido herramientas, vasallos que toleramos en las fronteras bajo las leyes de nuestros tratados si esa paria les ha dado el poder del vacío, el Consejo perderá el control de los territorios del norte en cuestión de semanas.
  • Es peor que eso - añadió Elara con amargura - Ella nos dejó ir con una advertencia nos llamó habitantes de torres de marfil y sentenció que cualquiera que toque a un lobo de Blackwood estará desafiando a la eternidad. La paria se coronó a sí misma y los lobos la aceptaron como su reina.
  • ¡Abominación! - gritó Milene, poniéndose en pie con los ojos brillando en un tono verde violento - ¡Debemos marchar ahora mismo! Convocamos a todos los clanes, unimos a las brujas de las Siete Torres y arrasamos Blackwood antes de que aprendan a controlar ese poder. ¡No podemos permitir que unos parias gobiernen el mundo!
  • ¡No seas estúpida, Milene! - la frenó Cassian con frialdad - Si lo que Elara y Valerius dicen es cierto, atacar de frente a un ejército protegido por el Abismo en su propio territorio sería un suicidio. Necesitamos planificar, necesitamos saber hasta dónde llega el vínculo entre la chica y el Alfa.

Valerius limpió un rastro de sangre seca de su labio, mirando al Consejo con desprecio.

  • Hagan los planes que quieran, pero háganlos rápido, Kaelen no se va a quedar escondido en sus cuevas. Supe leer la mirada de ese Alfa antes de irnos ya no nos tiene miedo si no encontramos una forma de romper esa armadura de humo, la Ciudad de Plata será la siguiente en caer.

Lady Elara dio un paso atrás, dejando que los líderes discutieran y gritaran entre ellos. Miró sus propias manos, que aún sentían el vacío de la tierra que le había dado la espalda en el desfiladero comprendió que la guerra que se avecinaba no se parecería a nada que hubieran vivido antes. El tablero político se había roto por completo y por primera vez en siglos, los señores del mundo tenían miedo de lo que se ocultaba en la oscuridad.




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