El desierto de hielo terminó de golpe frente a las imponentes colinas que custodiaban los accesos a la Ciudad de Plata. Allí, donde la nieve daba paso a caminos empedrados, el Consejo había levantado su primera línea de defensa una enorme muralla de energía esmeralda y barreras mágicas flotantes bloqueaba el paso, custodiada por una división entera de brujas de las Siete Torres y guerreros vampiros fuertemente armados.
Kaelen se detuvo a la cabeza de la formación central, levantando una mano para detener la marcha de la manada. A su lado, Vespera observó la imponente barrera, la luz de la magia enemiga vibraba con una frecuencia tan alta que hacía crujir los cristales de hielo en el suelo.
Jarek se colocó al otro lado de Kaelen, apretando el mango de su hacha de combate con una sonrisa desafiante.
Al frente de la línea enemiga, una de las sumas sacerdotisas del Consejo alzó su báculo, amplificando su voz para que resonara en toda la llanura.
Kaelen no respondió con palabras miró a Vespera y asintió despacio, la marca plateada de su antebrazo comenzó a brillar con una intensidad cegadora y al mismo tiempo, el pecho de la joven paria resplandeció con la luz ámbar de los Ancestros.
El avance fue ensordecedor, los lobos se lanzaron al ataque en sus formaciones de cuña, desatando un aullido colectivo que sacudió las colinas. Al notar el movimiento, las brujas del Consejo descargaron una lluvia de rayos esmeralda y ráfagas de fuego mágico desde las alturas, buscando masacrar a la vanguardia antes de que tocara la barrera.
Sin embargo, el ataque jamás llegó a su destino antes de que el primer hechizo tocara la piel de los licántropos, el instinto de protección de la manada encendió el Abismo, una marea de humo plmateado y sólido estalló desde el suelo, envolviendo a cada guerrero en armaduras dinásticas e impenetrables. Los rayos esmeralda chocaron contra las corazas de humo, dispersándose en el aire como simples chispas inofensivas. Las ráfagas de fuego se apagaron al mínimo contacto con la penumbra primordial.
Silas y Maeve, liderando los flancos izquierdo y derecho, llegaron primero a la gran muralla de energía esmeralda protegidos por sus escudos de humo sólido, los lobos estrellaron sus armas y garras contra las runas flotantes. El impacto provocó un estallido de estática que hizo temblar el suelo la barrera mágica del Consejo, que se suponía indestructible, comenzó a agrietarse bajo la presión del vacío.
Kaelen y Vespera avanzaron por el centro, el Alfa alzó su espadón, que ahora estaba envuelto en jirones de niebla plateada mezclados con su propia aura dorada. Con un golpe descendente y brutal, Kaelen partió la runa central que sostenía el escudo enemigo.
La barrera esmeralda estalló en mil pedazos, disipándose como polvo de cristal en el viento.
El pánico se apoderó de inmediato de las filas del Consejo. Los guerreros vampiros, despojados de su protección mágica, intentaron mantener la formación, pero las cuñas de Blackwood rompieron sus filas en cuestión de segundos. Los lobos se movían con una agilidad que desafiaba la física, apareciendo entre destellos de humo para derribar a los defensores y disipar cualquier contraataque con sus armaduras impenetrables.
La primera línea de defensa de la Ciudad de Plata había sido aplastada en minutos, dejando el camino hacia las murallas principales completamente despejado.
Kaelen envainó su espada, mientras el humo de su armadura regresaba pacíficamente a la marca de su brazo. Miró hacia las imponentes puertas de la ciudad que se alzaban a lo lejos y luego se giró hacia Vespera.
Vespera miró el horizonte, sintiendo el eco del Abismo responder con fuerza en su interior.