Sangre Proscrita. El Trono de los Lobos

La Batalla en las Calles de la Ciudad de Plata

El estruendo de las puertas de bronce al colapsar marcó el inicio de la invasión, los guerreros de Blackwood cruzaron las brechas de la muralla como una marea incontenible, irrumpiendo en las avenidas principales de la Ciudad de Plata. Las calles, pavimentadas con adoquines de piedra pulida y flanqueadas por edificios de mármol blanco, se convirtieron de inmediato en el escenario de un enfrentamiento caótico.

Los clanes vampíricos remanentes, aquellos que se negaban a aceptar la caída de su imperio, se agruparon en los callejones y las plazas secundarias armados con espadas de plata y ballestas pesadas, se lanzaron desde los techos y los soportales con su velocidad característica, buscando flanquear a los lobos.

  • ¡Mantengan las formaciones de cuña! - rugió Jarek, barriendo las piernas de un guardia vampiro con el asta de su hacha de entrenamiento, antes de rematarlo con un golpe seco - ¡No dejen que los separen!

La respuesta de los defensores fue feroz, una lluvia de virotes de ballesta cayó sobre el flanco izquierdo, liderado por Silas. En el pasado, esas flechas con punta de plata habrían provocado bajas masivas entre los licántropos, pero esta vez el instinto de la manada activó el Abismo de manera automática.

Al menor rastro de peligro, el humo plateado estalló desde el suelo. Las armaduras sólidas se materializaron alrededor de Silas y sus rastreadores. Los virotes chocaron contra las pecheras de humo, pulverizándose al instante en astillas inofensivas. Aprovechando el desconcierto de los tiradores, Silas apareció entre un destello de penumbra justo detrás de las líneas de los ballesteros, derribándolos uno a uno con la agilidad que el vacío le otorgaba.

  • ¡Su magia es un truco! - gritó uno de los líderes vampíricos, intentando reunir a sus hombres en una plaza central - ¡Sigan atacando! ¡Son solo bestias!

El vampiro se lanzó directamente contra Maeve con la espada en alto. La guerrera de Blackwood plantó los pies en el suelo, permitiendo que la penumbra envolviera sus brazos en forma de pesados brazales de humo sólido. Cuando la hoja de acero chocó contra su defensa, el humo absorbió por completo la vibración, bloqueando el ataque sin esfuerzo. Maeve aprovechó la corta distancia para golpear el rostro del oponente con el puño acorazado por la sombra, lanzándolo contra una columna de mármol que se agrietó por el impacto.

A medida que avanzaban hacia el distrito central, la superioridad de los lobos se volvió incontestable. Las armaduras de humo no solo los protegían de los impactos físicos, sino que cerraban de inmediato los cortes menores que los vampiros lograban infligirles. Los clanes defensores, acostumbrados a dominar a través del miedo y la velocidad, se encontraron con un enemigo que se movía más rápido, golpeaba con más fuerza y no sufría daños.

Kaelen y Vespera avanzaban por la avenida principal, abriendo el camino hacia el palacio del Consejo. El Alfa blandía su espadón con una potencia salvaje y cada golpe dejaba un rastro de niebla plateada mezclada con su propia aura dorada que desarmaba a los atacantes antes de que pudieran cruzar acero. A su lado, Vespera caminaba con paso firme, no necesitaba levantar las manos las sombras que se arrastraban por las paredes de los edificios se extendían a su paso, sujetando los pies de los vampiros emboscados y desestabilizando sus posiciones.

Los clanes remanentes comenzaron a retroceder, desmoralizados y superados. El pánico que había comenzado en las murallas se extendió por todas las calles secundarias. Los orgullosos señores de la noche arrojaban sus armas al suelo, dándose cuenta de que cada intento de contraataque era disipado por la penumbra primordial que ahora reclamaba la ciudad.

Jarek se detuvo en una de las intersecciones principales, jadeando pero completamente ileso, viendo cómo los últimos focos de resistencia se dispersaban hacia los callejones.

  • Las calles del norte y del oeste están aseguradas, Alfa - informó Jarek, limpiándose el polvo de mármol del rostro - Los clanes menores están rindiéndose en masa. Ya no tienen líderes que los organicen.

Kaelen se detuvo frente a las escalinatas del Gran Salón del Consejo, envainando su espada mientras el humo de su armadura regresaba pacíficamente a la marca de su antebrazo. Miró a Vespera, cuyos ojos recuperaban su color habitual tras el despliegue de poder.

  • El camino está despejado - sentenció Kaelen, señalando las puertas del palacio principal - Solo quedan Cassian y Elara. Es hora de terminar con esto.

Vespera asintió, mirando la imponente estructura blanca que pronto dejaría de pertenecer a los viejos gobernantes, lista para dar el paso definitivo en el corazón del imperio caído.




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