El crujido de la hojarasca bajo las botas de la comitiva rítmico, denso, pesado, marcaba el compás de un retorno que no admitía réplicas. Caminaron juntos hacia el centro del asentamiento, un espacio sagrado que se abría en el corazón mismo de Blackwood, donde las grandes hogueras ya estaban encendidas. Las llamas, alimentadas con troncos gruesos de pino negro y raíces empapadas en resina, restallaban con un sonido sordo, proyectando sombras alargadas e inquietas sobre las cabañas de madera oscura y piedra que conformaban el núcleo de la fortaleza. El olor a carne asada, grasa quemada y resina densa llenaba el ambiente, un aroma ancestral que en cualquier otra circunstancia habría anunciado el inicio de un banquete de victoria. Sin embargo, no había festejos, no había vítores, ni cantos, ni el chocar de jarras de metal que solía acompañar el regreso de los guerreros.
La manada Blackwood era una estirpe de supervivientes, un linaje de guerreros pragmáticos que habían crecido bajo la máxima de que las promesas no sangran y las palabras no levantan murallas. Necesitaban ver para creer, necesitaban tocar la herida para comprender la muerte del enemigo.
A cada lado del sendero de tierra batida, las filas de licántropos se cerraban como un muro de pelaje, cuero y ojos fijos. Los guerreros de la retaguardia, aquellos que habían arrastrado los báculos rotos de las Siete Torres desde los límites de la Ciudad de Plata, caminaban con la cabeza gacha, no por sumisión ante el pueblo, sino por el peso místico de los trofeos que cargaban. El metal sagrado de los báculos, ahora astillado y desprovisto de la luz dorada del Consejo imperial, dejaba un rastro de ceniza grisácea sobre la tierra húmeda del bosque.
Vespera mantenía el paso firme, acoplándose al andar imponente de Kaelen cada una de sus pisadas parecía encontrar un eco en las raíces profundas que perforaban el suelo. Podía sentir la desconfianza en el aire, una corriente fría que erizaba los vellos de su nuca pero el pulso plateado que recorría sus venas operaba como un escudo invisible. Ya no era la muchacha temblorosa que arrastraban hacia el cadalso, la oscuridad que habitaba en su pecho se había asentado encontrando un nido permanente en su voluntad.
Kaelen avanzaba sin mirar a los lados, su brazo expuesto, donde la marca del Abismo resplandecía con un tono opaco y violáceo bajo la luz de las hogueras, era una declaración de intenciones más clara que cualquier discurso. El Alfa no regresaba como el siervo de una tradición, regresaba como el arquitecto de una nueva era.
Al frente, donde el claro se ensanchaba para dar forma al círculo del Consejo, el suelo cambiaba. La tierra daba paso a un pavimento de losas irregulares de piedra gris, desgastadas por los siglos y los sacrificios. En el centro del claro, los tres ancianos supervivientes del antiguo orden de la manada esperaban de pie, inmóviles como los troncos de los árboles que los rodeaban. Vestían túnicas de pieles descoloridas, pesadas y rígidas por la grasa de oso y sostenían sus bastones de mando, tallados en madera de roble milenario. Sus rostros eran mapas de arrugas, cicatrices de batallas olvidadas y una rigidez mental que el tiempo solo había servido para endurecer.
Uno de ellos, el viejo Torin, el de mayor rango entre los tres y el que guardaba las leyes orales del clan desde hacía cuatro generaciones, dio un paso al frente. Sus ojos, nublados por las cataratas pero agudos como los de un halcón viejo, se entrecerraron por la sospecha pura al detenerse en la figura de Vespera.
El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto. Ni siquiera el viento entre las copas de los pinos se atrevía a romper la tensión que se había instalado entre el viejo orden y el nuevo Alfa.
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