Un murmullo de asombro recorrió el claro. Decir que la sangre del Alfa reclamaba a una paria del Abismo equivalía a nombrarla Matriarca, la Luna de la manada.
Vespera, que hasta ese momento había permanecido en silencio, dio un paso al frente, con un movimiento pausado, se despojó de los guantes de cuero de su capa. Al descubrir sus manos, la red de líneas plateadas de su piel brilló con una intensidad cegadora, respondiendo a la proximidad de la hoguera principal.
Ella no miró a los ancianos con ira, sino con la fría confianza de quien ha visto el fondo del vacío y ha regresado para contarlo.
Para sellar sus palabras, Vespera extendió una mano hacia la gran hoguera del centro. Las llamas anaranjadas parecieron congelarse por un segundo, tiñéndose de un color violeta oscuro y profundo que bailó bajo su control directo, antes de regresar a su estado natural. El fuego no la quemaba, la obedecía.
El viejo Torin observó las manos de la joven, luego la marca plateada en el brazo de su Alfa, el no la reconocía y estaba claro en su expresión que jamás lo haría y ella lo sabía perfectamente bien pero la paria que huia y se escondia ya no existía, su poder se había liberado y con el había renacido una nueva Vespera.
Uno a uno, los guerreros de la primera línea hincaron una rodilla en el suelo, dándole el reconocimiento de Luna de la manada Blackwood. Kaelen se giró hacia ella, con los ojos dorados brillando de orgullo bajo la luz de la noche. Le tomó la mano firmemente, entrelazando sus dedos nuevamente.