Jarek observaba desde la entrada del círculo con la mano apoyada en la empuñadura de su daga pesada. Su mirada iba de Torin a Kaelen, midiendo la temperatura de la manada. Sabía que Blackwood estaba dividido por un lado estaban los jóvenes, los guerreros que habían marchado a la Ciudad de Plata y habían visto con sus propios ojos cómo las defensas inexpugnables del imperio se desmoronaban ante la marea oscura que Vespera había desatado. Para ellos, ella era una deidad de la guerra, una fuerza de la naturaleza que los había liberado de la extinción por el otro lado estaban los viejos, las familias que habían perdido hijos en las purgas anteriores y que temían que cualquier alteración en el equilibrio místico atrajera una maldición peor sobre las tierras boscosas.
Kaelen soltó una carcajada corta, un sonido seco y peligroso que carecía de toda diversión. Dio un paso hacia los ancianos y esta vez, el aura de su mando se expandió como una onda de choque física. El aire alrededor de las hogueras pareció espesarse, dificultando la respiración de los que estaban más cerca.
Torin intentó hablar, abriendo la boca con indignación, pero Kaelen lo interrumpió con un gesto tajante y violento de la mano.
El Alfa extendió su antebrazo expuesto. La marca del Abismo, que se entrelazaba con las cicatrices de su propio linaje alfa, vibró con un fulgor opaco. No era solo magia rúnica; era un pacto de sangre sellado en las profundidades de la tierra de los muertos, un poder que la vieja heráldica del bosque no podía comprender.
La sumisión de la manada fue casi unánime en ese instante. Los guerreros que habían regresado de la guerra dieron un paso al frente al unísono, cerrando filas detrás de su líder. Golpearon la tierra con las astas de sus lanzas, creando un eco rítmico, un rugido de madera y metal que ahogó por completo cualquier protesta de los tradicionalistas. El claro pertenecía al Alfa.