Sangre Proscrita. El Trono de los Lobos

El pulso del Claro

Jarek observaba desde la entrada del círculo con la mano apoyada en la empuñadura de su daga pesada. Su mirada iba de Torin a Kaelen, midiendo la temperatura de la manada. Sabía que Blackwood estaba dividido por un lado estaban los jóvenes, los guerreros que habían marchado a la Ciudad de Plata y habían visto con sus propios ojos cómo las defensas inexpugnables del imperio se desmoronaban ante la marea oscura que Vespera había desatado. Para ellos, ella era una deidad de la guerra, una fuerza de la naturaleza que los había liberado de la extinción por el otro lado estaban los viejos, las familias que habían perdido hijos en las purgas anteriores y que temían que cualquier alteración en el equilibrio místico atrajera una maldición peor sobre las tierras boscosas.

  • ¡Suficiente! - rugió Hokan, el segundo anciano un hombre cuyo rostro estaba cruzado por las profundas cicatrices de las garras de un oso de los hielos - El Alfa gobierna a las gentes, Kaelen, pero los ancianos gobiernan el espíritu de la manada. ¡Ese es el pacto! No permitiremos que una paria se siente en la mesa central ni que profane nuestro legado. Te exigimos que la entregues a la reclusión de inmediato, hasta que los chamanes evalúen el daño en su alma y dictaminen si está maldita.

Kaelen soltó una carcajada corta, un sonido seco y peligroso que carecía de toda diversión. Dio un paso hacia los ancianos y esta vez, el aura de su mando se expandió como una onda de choque física. El aire alrededor de las hogueras pareció espesarse, dificultando la respiración de los que estaban más cerca.

  • ¿Exigirme? - preguntó Kaelen, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro cargado de veneno que erizó la piel de la primera fila - Hablás del espíritu de la manada como si fuera un pergamino viejo y polvoriento que guardan en vuestras tiendas para infundir miedo. El espíritu de Blackwood está en la carne y en el valor de los vivos, no en los lamentos cobardes de los muertos. ¿Dónde estaban vuestras santas leyes cuando los inquisidores del imperio quemaban nuestras aldeas periféricas? ¿Dónde estaban vuestros báculos de roble cuando mis guerreros morían desangrados en las jaulas de plata mientras vosotros rezabais en la seguridad de los árboles?

Torin intentó hablar, abriendo la boca con indignación, pero Kaelen lo interrumpió con un gesto tajante y violento de la mano.

  • Os habéis sentado aquí durante décadas a esperar el fin del mundo, rezando a ancestros que hace mucho tiempo dejaron de escucharnos. Vespera no irá a ninguna celda, ni será juzgada por hombres que no han visto el filo de una espada en treinta inviernos, se sentará a mi lado, en la cabaña del Alfa, y su palabra tendrá el peso de mi propia voz. Quien la desafíe a ella, me desafía a mí. Y quien me desafíe a mí, sabe perfectamente cómo se resuelven las leyes de sangre en este claro. Que dé un paso al frente el que quiera disputar mi puesto.

El Alfa extendió su antebrazo expuesto. La marca del Abismo, que se entrelazaba con las cicatrices de su propio linaje alfa, vibró con un fulgor opaco. No era solo magia rúnica; era un pacto de sangre sellado en las profundidades de la tierra de los muertos, un poder que la vieja heráldica del bosque no podía comprender.

La sumisión de la manada fue casi unánime en ese instante. Los guerreros que habían regresado de la guerra dieron un paso al frente al unísono, cerrando filas detrás de su líder. Golpearon la tierra con las astas de sus lanzas, creando un eco rítmico, un rugido de madera y metal que ahogó por completo cualquier protesta de los tradicionalistas. El claro pertenecía al Alfa.




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