La noche avanzó sobre Blackwood con el peso de una mortaja, mientras Kaelen y Jarek continuaban trazando los planes de contingencia y la reorganización de las patrullas fronterizas, Vespera sintió la necesidad de salir de los confines opresivos de aquella casa. El aire cargado de testosterona, pieles y estrategia militar la asfixiaba, necesitaba el contacto con la naturaleza pura comprobar por sí misma si el bosque de Blackwood la rechazaba de verdad como afirmaba Torin.
Salió por la puerta lateral, eludiendo a los guardias con la facilidad de una sombra. Afuera el campamento dormía a medias, se escuchaban los ronquidos de los guerreros en las cabañas comunales y el llanto ocasional de un niño en la distancia pero el claro principal estaba desierto, salvo por las brasas agonizantes de las grandes hogueras.
Se internó en el bosque, siguiendo un sendero angosto que conducía hacia el arroyo de los lamentos, un curso de agua helada que bajaba de las cumbres nevadas del norte. A medida que los árboles se cerraban sobre ella, los pinos centenarios parecían inclinarse bajo el peso de la noche. El aroma a tierra húmeda y musgo se intensificó.
Vespera se detuvo junto a una gran roca cubierta de líquenes que se asomaba sobre el agua corriente. Extendió las manos, permitiendo que la energía del Abismo fluyera libremente por primera vez desde que habían cruzado la frontera. De la punta de sus dedos brotaron zarcillos de una bruma oscura, salpicada de destellos plateados, que se arrastraron sobre la superficie del agua.
El arroyo no se congeló, ni el musgo se marchitó. En cambio, el agua pareció aquietarse, absorbiendo la negrura como si fuera un tinte natural. Las raíces de los árboles cercanos se agitaron levemente bajo la tierra, estirándose hacia ella, no en un ataque, sino en una búsqueda ciega de calor.
Vespera no se sobresaltó. Había sentido la aproximación de Kaelen mucho antes de que él hablara, el calor de su presencia y el latido rítmico de su corazón de lobo eran una señal inconfundible en la distancia. El Alfa emergió de entre la maleza, con el torso cubierto solo por una túnica ligera de lino, inmune al frío invernal que ya congelaba las hojas secas.
Vespera retrajo la bruma hacia sus palmas, sintiendo el retorno de la energía en su pecho, un frío reconfortante que la estabilizaba.
—En la Ciudad de Plata, cuando rompí el báculo del Sumo Inquisidor, sentí que algo me llamaba desde el fondo —confesó, volviéndose hacia él—. No era una fuerza benigna, Kaelen. Era un hambre antigua. Tuviste que usar tu marca para traerme de vuelta. ¿Qué pasará si la próxima vez no eres lo suficientemente fuerte para jalar de la cuerda?
Kaelen dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que pudo sentir el aliento helado de la joven. Tomó sus manos entre las suyas, uniendo la piel pálida con la piel bronceada y marcada por las guerras.
—Entonces me hundiré contigo —respondió él con una seriedad absoluta que no dejaba espacio para la duda—. No te salvé de la ejecución para dejarte caer en la locura. Si el Abismo reclama su precio, lo pagaremos juntos. Eres mi compañera, Vespera. No por un decreto del destino ni por una profecía de los ancianos, sino porque tu vacío encaja perfectamente con el monstruo que llevo dentro.