El sol emergió detrás de las montañas del este, pintando el cielo con franjas de un rojo herrumbre y oro viejo. La niebla matutina se elevaba desde el suelo del bosque, envolviendo los terrenos de Blackwood en una atmósfera fantasmal. Los primeros cazadores se preparaban para salir, revisando los arcos y las puntas de flecha de obsidiana, mientras las mujeres encendían los fogones comunitarios para preparar el desayuno de la manada.
En la cabaña principal, Vespera ya estaba despierta. No había dormido mucho la energía mística del territorio era demasiado activa, un zumbido constante que vibraba en sus oídos como un enjambre de insectos invisibles. Se encontraba de pie junto a la ventana, observando el movimiento del campamento, cuando una pequeña figura se acercó a la barandilla exterior.
Era un niño, no mayor de ocho años con las orejas de lobo asomando entre su cabello alborotado. Llevaba una pequeña bolsa de cuero sucia en la mano. Miró a los lados con nerviosismo antes de arrojar la bolsa hacia el interior, a través de la ventana abierta y salir corriendo hacia el sector de las cocinas.
Vespera recogió la bolsa del suelo. Dentro no había armas ni veneno, sino un trozo de corteza de abedul con runas grabadas apresuradamente. No eran las runas del imperio, sino los glifos antiguos de los primeros hombres del norte, un lenguaje que había aprendido a descifrar durante sus años de reclusión en las bibliotecas subterráneas del Consejo.
El mensaje era corto pero preciso:
“Lo que buscas no está en la Ciudad de Plata. El primer vacío caminó por las Piedras Lloronas antes de que los lobos tuvieran nombre. Encuentra el altar antes de que los ancianos lo destruyan.”
Vespera apretó la corteza entre sus manos, sintiendo un escalofrío de anticipación. Sabía que era casi con certeza una trampa. Los ancianos no eran sutiles y el momento era demasiado conveniente para ser una coincidencia. Sin embargo, la mención de un portador anterior del vacío despertó una necesidad profunda en su interior. Necesitaba saber si estaba condenada a la locura, como afirmaba Torin o si había un camino para dominar el hambre que habitaba en sus venas sin destruir todo a su alrededor.
Kaelen entró en la habitación principal, ajustándose las correas de sus grebas de cuero. Al ver la expresión concentrada de Vespera y el trozo de corteza en su mano, se detuvo de inmediato.
Vespera no intentó ocultarlo. Le extendió la corteza de abedul para que la leyera. Kaelen recorrió las líneas con los ojos entrecerrados, y una línea de tensión se dibujó en su mandíbula.
Kaelen guardó silencio por unos instantes, sopesando las opciones. Podía prohibirle ir, imponer su autoridad como Alfa pero sabía que eso destruiría la confianza que habían construido con tanta dificultad. Vespera no era una súbdita, era una fuerza independiente que había elegido estar a su lado.