Sangre Proscrita. El Trono de los Lobos

El Valle de las Piedras Lloronas

La comitiva se movió hacia el noreste, evitando los senderos principales para no alertar a los espías de las facciones disidentes. El camino hacia las Piedras Lloronas era un ascenso empinado a través de un cañón estrecho donde los pinos daban paso a formaciones rocosas cubiertas de un musgo gris que parecía ceniza. El aire allí era diferente, no tenía el aroma vital del resto de Blackwood sino un olor rancio a agua estancada y piedra vieja que no había visto el sol en siglos.

Las Piedras Lloronas eran un conjunto de menhires gigantescos que se erigían en el fondo de un anfiteatro natural. El nombre provenía del fenómeno que ocurría cuando la niebla se condensaba en las inscripciones de las piedras, haciendo que gotas de agua constante se deslizaran por los glifos como lágrimas perennes.

Jarek avanzó primero, con su hacha en mano haciendo una señal para que los guerreros se distribuyeran por las crestas del cañón. Todo estaba en un silencio absoluto, un vacío de sonido que resultaba más alarmante que el rugido de una bestia.

Vespera caminó hacia el centro del anfiteatro, donde se alzaba la piedra más grande, un monolito negro que parecía haber sido partido por un rayo en tiempos remotos. A medida que se acercaba, las líneas plateadas de sus venas comenzaron a parpadear, no con la luz constante de antes sino con un pulso errático, como si estuvieran respondiendo a una interferencia magnética.

  • Algo está mal aquí - dijo Kaelen, deteniéndose a unos pasos de ella. Su lobo interno comenzó a gruñir, una vibración sorda que se sentía en su pecho. El pelaje de sus antebrazos se erizó - La energía del lugar no está estancada. Ha sido despertada recientemente.

Antes de que Vespera pudiera responder, las inscripciones de las piedras circundantes se iluminaron con un tono azul pálido, el color del fuego frío que utilizaban los chamanes de la antigüedad. Del suelo de tierra gris comenzaron a brotar raíces retorcidas pero no eran de madera blanda estaban cubiertas de espinas de piedra cristalizada que buscaban las botas de los intrusos.

  • ¡Es una emboscada! - gritó Jarek desde la cresta pero su voz sonó amortiguada, como si el aire mismo estuviera absorbiendo el sonido.

De las sombras de los menhires emergieron varias figuras vestidas con mantos oscuros. Al frente de ellos estaba Torin, sosteniendo su bastón de mando pero esta vez la madera de roble estaba envuelta en un aura de energía espiritual que hacía que sus ojos viejos brillaran con una luz espectral.

  • ¡Kaelen! - clamó el anciano, y su voz resonó desde todas las piedras a la vez, multiplicada por el eco del cañón - Has traído el castigo sobre ti mismo. El bosque exige la purga, la anomalía debe ser devuelta al vacío del que nunca debió salir.




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