Vespera levantó lentamente la cabeza. Sus ojos ya no eran humanos ni tenían las motas grises de antes se habían convertido en dos pozos de una negrura absoluta, desprovistos de pupilas o esclerótica. El dolor había desaparecido, sustituido por una calma gélida que congeló el aire a su alrededor.
Se levantó del suelo sin esfuerzo aparente, ignorando las raíces de espinas que se marchitaban y se convertían en polvo gris a su paso. Extendió los brazos hacia los lados y la bruma oscura del Abismo brotó no como zarcillos, sino como una marea desatada que inundó el fondo del cañón en cuestión de segundos.
La barrera mística que Torin había levantado se resquebrajó como vidrio templado. Los chamanes que sostenían el conjuro cayeron al suelo, sangrando por los oídos y los ojos, abrumados por la presencia de una fuerza que superaba con creces sus capacidades de canalización espiritual.
Torin se quedó solo en el centro del claro, con el bastón temblando entre sus manos nudosas. La negrura de Vespera se detuvo a escasos centímetros de sus botas, rodeándolo como un anillo de ceniza viva.
Kaelen se colocó al lado de Vespera, con su espada apoyada en el hombro, observando al viejo traidor con una mezcla de lástima y desprecio.
Torin dejó caer su bastón de roble, que se partió en dos al golpear el suelo rocoso. Miró a Vespera, luego a Kaelen y la arrogancia de sus años pareció desvanecerse, dejando solo el cascarón de un hombre viejo que sabía que su tiempo había terminado.