Tres lunas habían pasado desde que el Valle de las Piedras Lloronas dictara su sentencia silenciosa, en el sector sur del campamento, donde los pinos crecían tan juntos que apenas dejaban pasar los hilos dorados del sol, las celdas de roca permanecían en un mutismo absoluto. Torin, despojado de sus ropajes de anciano y de la madera sagrada que había sostenido su autoridad durante décadas, observaba los muros de piedra húmeda. Sus manos, ahora privadas del calor de los rituales, temblaban por el frío del invierno que finalmente se había asentado sobre Blackwood.
No había cadenas en sus muñecas, las leyes de la manada no necesitaban hierro cuando el destierro espiritual ya había sido ejecutado. El viejo guardián de las tradiciones sabía que su verdadera prisión no eran las losas de piedra, sino el olvido. Las familias del norte, aquellas que alguna vez juraron proteger el linaje puro contra cualquier anomalía, habían bajado la cabeza ante el peso de los hechos. La redistribución de las tierras agrícolas y los cotos de caza entre los veteranos de la Ciudad de Plata había quebrado la última resistencia política del clan.
Jarek cruzó el umbral de la prisión sin desenvainar su arma, su sola presencia, masiva y cargada del aroma a brezo y resina de las patrullas fronterizas, llenó el estrecho pasillo.
Torin soltó una risa seca, un eco que murió rápidamente contra el moho de las paredes.
El anciano no replicó. Volvió la mirada hacia la rendija de la ventana, donde un copo de nieve solitario se derretía al tocar el alféizar. El viejo orden no se extinguía con un grito de guerra, sino con el crujido sordo de una página que se pasa en la historia del norte.