Sangre Proscrita. El Trono de los Lobos

El pulso del nuevo mundo

Tres lunas habían pasado desde que el Valle de las Piedras Lloronas dictara su sentencia silenciosa, en el sector sur del campamento, donde los pinos crecían tan juntos que apenas dejaban pasar los hilos dorados del sol, las celdas de roca permanecían en un mutismo absoluto. Torin, despojado de sus ropajes de anciano y de la madera sagrada que había sostenido su autoridad durante décadas, observaba los muros de piedra húmeda. Sus manos, ahora privadas del calor de los rituales, temblaban por el frío del invierno que finalmente se había asentado sobre Blackwood.

No había cadenas en sus muñecas, las leyes de la manada no necesitaban hierro cuando el destierro espiritual ya había sido ejecutado. El viejo guardián de las tradiciones sabía que su verdadera prisión no eran las losas de piedra, sino el olvido. Las familias del norte, aquellas que alguna vez juraron proteger el linaje puro contra cualquier anomalía, habían bajado la cabeza ante el peso de los hechos. La redistribución de las tierras agrícolas y los cotos de caza entre los veteranos de la Ciudad de Plata había quebrado la última resistencia política del clan.

Jarek cruzó el umbral de la prisión sin desenvainar su arma, su sola presencia, masiva y cargada del aroma a brezo y resina de las patrullas fronterizas, llenó el estrecho pasillo.

  • El convoy de la frontera este ha regresado, Torin - informó el sublíder, manteniendo una distancia prudencial - Las baronías del carbón han enviado sus primeros tributos. Tres carros de mineral y mineral de hierro fino. Han aceptado los nuevos términos de comercio. Ya no piden los milagros alquímicos de las Siete Torres, ahora piden la protección de los lobos del Abismo.

Torin soltó una risa seca, un eco que murió rápidamente contra el moho de las paredes.

  • Protección… - repitió el anciano, levantando sus ojos nublados - Habláis de sumisión como si fuera una victoria, muchacho. Habéis cambiado un yugo de plata por una sombra que os devorará desde dentro. ¿Crees que las baronías os respetan? Os temen. El temor humano es una bestia que muerde cuando se cansa de temblar.
  • Que muerdan - respondió Jarek con una frialdad pragmática - Nuestras garras son más largas que sus dientes de carbón. Mañana a primera hora serás trasladado más allá de las colinas grises. El Alfa ha sido clemente, no morirás en el claro pero tus pies no volverán a pisar la tierra negra de Blackwood.

El anciano no replicó. Volvió la mirada hacia la rendija de la ventana, donde un copo de nieve solitario se derretía al tocar el alféizar. El viejo orden no se extinguía con un grito de guerra, sino con el crujido sordo de una página que se pasa en la historia del norte.




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