En el corazón del asentamiento, la gran cabaña comunal había sido reformada. Ya no era solo un refugio de madera áspera para los consejos de guerra, los artesanos de la manada, mezclando sus técnicas tradicionales con los materiales rescatados de los palacios de la Ciudad de Plata, habían revestido las vigas principales con láminas de metal pulido que reflejaban la luz de las antorchas.
En el centro del salón no había una sola silla de mando. Dos sitiales tallados en la misma raíz de un pino milenario se alzaban sobre la tarima de piedra. Kaelen permanecía sentado en el de la izquierda, con la espalda recta y una pierna cruzada sobre la otra con la naturalidad de quien ha nacido para dictar el destino de miles. Su antebrazo expuesto ya no mostraba la marca del Abismo como una herida abierta, las runas violáceas se habían asentado bajo su piel, entrelazándose con sus cicatrices de batalla como un tatuaje natural que parpadeaba al ritmo de sus respiraciones.
A su lado, Vespera observaba el mapa extendido sobre la mesa central. Llevaba un vestido de lana oscura ribeteado con hilos de plata auténtica, un regalo de los tejedores del sector oeste que ahora la veían como la tejedora de su propia salvación. El pulso plateado de sus venas se concentraba en sus manos, moviéndose como agujas de luz mientras repasaba las líneas de las rutas comerciales que ahora conectaban el bosque con el resto del continente conocido.
Kaelen se inclinó hacia delante, apoyando los codos en sus rodillas. Sus ojos dorados brillaron con una intensidad que hizo que los guardias de la puerta enderezaran el cuerpo de inmediato.
Vespera levantó la mirada, encontrando la de su compañero. La conexión entre ambos ya no requería de palabras ni de contactos físicos forzados, el vacío de ella y la sangre del lobo operaban como dos polos de un mismo imán, un equilibrio perfecto que se había forjado en el dolor y se consolidaba en la soberanía.
Kaelen esbozó esa sonrisa leve y peligrosa que solo reservaba para los momentos de mayor audacia. Se levantó de su sitial y caminó hacia la gran mesa, colocando su mano grande y cálida sobre los dedos pálidos de Vespera.