La casa que todavía recordaba su nombre.
Lyra Whitmore no llegó a Mystic Falls con cautela.
Llegó con una certeza desesperada: Damon Salvatore estaba allí, y ella ya había esperado demasiado.
No tenía dónde quedarse.
Tampoco lo necesitaba.
La Casa Salvatore seguía en pie, igual de arrogante que su dueño. Vieja, cargada de historia, de sangre, de recuerdos que no pedían permiso para volver.
Y Lyra tampoco.
Empujó la puerta principal y entró.
Con los humanos habrían necesitado una invitación.
Con los vampiros no.
El interior olía a alcohol y madera antigua.
Lyra dejó su abrigo sobre una silla como si siempre hubiera vivido allí. Como si no hubiera pasado nada entre el momento en que él la convirtió... y el momento en que la abandonó sin una sola explicación.
Porque esa era la verdad que la había traído de vuelta.
No venganza.
No orgullo.
Amor.
Un amor antiguo, torpe, mal cuidado.
Pero real.
—Cobarde —murmuró al vacío.
Subió las escaleras despacio, recorriendo habitaciones que recordaba demasiado bien. Cada paso era una pregunta sin respuesta. Cada pared, un recuerdo que Damon había decidido dejar atrás.
Fue entonces cuando lo sintió.
No su presencia física.
Su vínculo.
Damon Salvatore no estaba solo en el mundo.
Lyra lo percibió antes de verlo. Esa conexión nueva, intensa, humana, que lo anclaba a alguien más. Alguien que no era vampira. Alguien que no pertenecía a su pasado.
Más tarde, desde la ventana del piso superior, la vio.
Elena Gilbert caminaba por la calle como si Mystic Falls no escondiera monstruos. Como si no fuera el centro de algo que Lyra aún no entendía.
El golpe no fue de celos.
Fue de comprensión tardía.
—¿Así que por esto desapareciste? —susurró.
Lyra apretó los dedos contra el vidrio.
Seguía amándolo.
Y eso lo hacía todo más peligroso.
Abajo, la puerta principal se abrió.
Dos presencias.
Una conocida.
Otra demasiado parecida.
Stefan Salvatore fue el primero en detenerse.
—Damon... —dijo en voz baja—. No estamos solos.
Lyra sonrió, apenas.
El pasado acababa de alcanzarlos.