Sangre Real

Capítulo 2

El aire fresco de la mañana me golpea la cara al salir de la torre. Por fin un poco de aire limpio y puro. Suelto un gruñido cuando el estropeado vestido de seda se enreda en uno de los arbustos que rodean la torre. Apesto a sudor, alcohol y ahora sangre. Madelline me alcanza y tiro la chaqueta al piso. Odio el cuero en contacto con la piel.

—La próxima vez procura no quedarte despierta hasta la madrugada —dice dándome un pañuelo que huele a aceite de rosas.

—Apenas llevaba una hora de haber regresado cuando el guardia llegó —comento limpiando mi rostro. Sus ojos cafés me miran extrañados.

—¿Dónde estuviste toda la noche? Estuvimos en la misma fiesta, pero por lo que veo tú —señala mi cuello— estuviste en tu propia fiesta. Dice sonriendo mientras recoge su cabello. Era una maraña de rizos demasiado larga.

No contesto y desvío mi mirada a la entrada de la torre. Luna y los demás vienen saliendo como si no acabaran de ver uno de los homicidios más escalofriantes del año. Excepto Eli. Ella parece que dormirá con su criada por el próximo mes.

—Creo que será mejor volver al palacio —digo mientras hago un ademán con la mano—. Necesito un baño y dormir antes de irme.— Agrego, y por el rabillo del ojo veo a mi caballo aparecer entre los árboles. Madelline asiente y hace lo mismo.

Termino de limpiarme el rostro y hago una mueca de asco al ver el color del pañuelo. Odio la mugre, pero odio más que la mugre esté sobre mí. En todos los sentidos.

—Fue un placer verla de nuevo, princesa —dice Luna acercándose a nosotras con Carissa, que sonríe pícaramente—. Qué mal que nuestra noche terminara así. Lo observo con detenimiento.

—Ni se te ocurra, Luna. Hoy no estoy de humor para juegos —advierto deteniendo su provocación. Luna sonríe y lanza una mirada hacia atrás, donde los demás también se acercan.

—Yo tampoco. Solo digo que de haberte quedado a la fiesta, esta mañana hubiese sido más llevadera —susurra ya muy cerca de mí. Sonrío divertida por sus comentarios. Niego lentamente sin dejar de verlo. Pero entonces una mano aparece en medio.

—Será mejor que vuelva al palacio, princesa. Debe viajar hacia Clarida mañana —sugiere Gael y me arrebata el pañuelo de las manos, rompiendo el contacto visual con Luna. Suspiro. Suspiro porque si no lo mato.

—Es lo que planeo hacer —digo entre dientes, viendo asqueada cómo limpia su rostro con el mismo pañuelo sucio. Limpia primero su rostro y luego lo pasa por su cuello antes de apuñarlo en su mano.

—Bien. Suba al caballo y vámonos —ordena tanto hacia mí como hacia las demás, que se limitan a asentir. Lo miro molesta por su comportamiento, pero me repito que siempre ha sido así y que no debo darle el gusto de reaccionar mal. Pero a diferencia de mí, Luna no se conforma.

—Me parece una excelente idea. Debería venir conmigo en el carruaje, es un viaje largo y podría —toma mi mano— recostarse un momento para descansar.—Dice mientras besa el dorso de mi mano. Luna sonríe con su hilera de dientes blancos que contrastan con su piel oscura, y sus ojos verdes tienen ese maldito brillo juguetón.

—¿Planeas que se recueste en ti o qué? Tu carruaje no es para dos personas —dice Carissa desde arriba de su caballo. Luna le lanza una mirada cómplice y sonríe más ampliamente, mostrando los hoyuelos de sus mejillas. Gael, por otro lado, solo revuelve su cabello con la mano.

—Me gusta esa sugerencia —dice Luna. Y es cuando suelto una carcajada.

—Qué mal que vayamos en direcciones opuestas —dice Gael sonriendo amargamente—. Me temo que no será esta ocasión.— Habla entre dientes. Presiona el pañuelo en el pecho de Luna, empujándolo levemente y haciendo que me suelte.

—Espero sea suficiente para su tenso viaje —agrega lanzándole una mirada significativa. Vanessa ahoga una risa y le lanzo una mirada de advertencia antes de interponerme entre ambos hombres que parecen haber llegado al límite de las bromas.

—Por lo que veo se acabó la diversión —murmura Hilda.

—Han pasado seis años, Gael —dice Luna, que ya no sonríe. Lo dice antes de que pueda hablar, pero lo suficientemente bajo para que solo nosotros lo escuchemos—. Un hombre maduro acepta su error y suelta...

—Gracias por el consejo que no pedí, general Luna. Dejaremos la charla para otro día —interrumpe Gael antes de llevar sus manos a mis caderas y levantarme para dejarme caer en el lomo del caballo. Cuento hasta tres cerrando los ojos o Luna tendrá que arrestarme y trasladar dos cadáveres.

No.

No está funcionando.

Muy capitán de la guardia, pero este hijo de p...

—¿Qué demonios te pa...?

—Capitán, le agradecería que no toque a la princesa —me interrumpe esa vocecilla que antes solo estaba en mi cabeza. Hace tanto a Luna como a Gael retroceder instintivamente.

Desde el piso Hilda se materializa, dejando su cuerpo visible hasta las rodillas y el espesor negro de su esencia aún debajo. Todos se congelan al verla salir desde el piso. Una sombra capaz de derribarnos a todos sin moverse.

—Hilda, no sabía que estabas aquí —dice Gael algo sorprendido, y claramente ha entendido que el rango acaba de bajar aún más.

—El gran rey me envió de regreso anoche —explica Hilda con su voz delgada y casi robótica—. A su alteza no le gusta que la princesa ande sola por ahí. Podría toparse con... una molestia.— Explica observando a Gael de pies a cabeza. Ahora es Carissa quien ahoga una carcajada.

Demonios. No debería estar aquí perdiendo el tiempo.

La reunión en Clarida sería de las más importantes en mi camino a gobernadora y no tenía energías para pensar más allá de eso.

—Hilda, déjalo. Hay que irnos. Hasta pronto, general Luna. La próxima vez estaré más que encantada de aceptar su invitación.— Digo sonriendo. Y antes de que nadie pueda decir nada más le indico al corcel avanzar hacia el bosque.

La próxima ciudad estaba a veinte minutos de la frontera, al interior de Achlys. La maldita prohibición de volar los grifos fuera de Achlys no me podía tener más inconforme que ahora. Y no poder culpar a nadie más que a mí me pone de peor humor.



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En el texto hay: amor, distopico, magia arcana

Editado: 27.03.2026

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