Ahogo un quejido, queda alojado en mi garganta causándome un leve dolor como si fueran espinas.
—Nat, espero que no estés pensando volar con esta tormenta —dice Carissa cuando el cielo descarga toda su furia—. Debemos detenernos o no llegaremos vivas al palacio —indica gritando. El camino estaba preparado para evitar que los caballos resbalaran al correr, pero ya podía ver cómo el agua empezaba a hacer de las suyas. No contesto nada y sigo adelante recordando una y otra vez la carta de la reina. Lleno mi mente de ese pensamiento. Esto no habría pasado de haber hecho todo bien. De haberlo hecho todo bien yo misma.
—Yo me encargaré de la viuda. —Esas habían sido las palabras de Lucien el día que atacamos al clan de Sadec. Su mujer ya se encontraba fuera cuando llegamos al lugar. Me encargué de Sadec; un corte limpio e indoloro había separado su cabeza de su cuello, ni siquiera se dio cuenta. No había más hijos. Nadie pudo evitarlo. Quemamos la pequeña aldea antes de irnos.
Eso pasa cuando conspiras contra los Apolline. La orden llega a Julissa y ella la pasa a mí.
Pero Lucien no terminó el trabajo.
A lo lejos enfoco la ciudad de Perla. Una pequeña fortaleza militar en medio de la zona muerta. Las luces empiezan a encenderse con el crecimiento de la tormenta. Ahora no solo estaba sucia, estaba empapada. Por lo menos lavaría un poco la mugre que cargaba.
La ciudad abre sus puertas al vernos llegar. No me detengo a saludar a nadie, cabalgo atravesándola en busca de los establos. Esquivo ágilmente a un grupo de mujeres que corrían tratando de resguardarse, pero me veo obligada a saltar por encima de una carreta que cruzaba el camino.
—Nat, vas a matar a alguien —grita Madelline, pero no me detengo ni volteo a ver siquiera. El mundo podría irse al infierno justo ahora. Las bestias podrían invadirnos. Pero nada impedirá que llegue al palacio.
Me dirijo a la calle principal y luego de algunas vueltas llego a una zona restringida. No espero a que el guardia levante la valla de seguridad, la salto y me dirijo directo a los establos. El camino, ahora hecho lodo, me obliga a bajar la velocidad y salto del caballo aun sin haberse detenido. Maldito camino hecho de piedras, malditas botas que me quedan grandes y maldito vestido que no me consiguió nada la noche anterior.
—Princesa, no la esperábamos tan pronto —dice el guardia de turno—. Pediré que preparen unas habitaciones para que puedan descansar —indica, pero no lo sigo al interior de la torre, sino que me desvío al interior de uno de los edificios que funcionaban como establos.
—Está loca, ¿verdad? —pregunta Carissa alarmada al verme acercar a uno de los grifos—. No puedes volar así, Nat, vas a matarnos. —Exhalo una bocanada de aire y me volteo hacia ella con la paciencia por el piso.
—Escúchame, Carissa. Si no eres lo suficientemente valiente para seguirme es mejor que regreses a tu casa para que Meliá te arrope en días lluviosos. Pero mientras estés bajo mi mando cerrarás la boca y seguirás indicaciones. No me estorbes. —Digo empujándola a un lado para tomar una de las bridas de la pared. Eso me pasa por llevármela de mesías.
—Alteza, debo insistir. ¿Qué le diremos al capitán o a su madre si algo le pasa? —cuestiona el guardia claramente nervioso. Carissa y Madelline me imitan con la misma expresión que él.
—Les dirás que vine aquí y te amenacé con arrancarte cada dedo de ambas manos si no sueltas las riendas. —Ahora mi voz es fría totalmente, sin un ápice de estar bromeando. El guardia da un paso atrás claramente asustado, pero no insiste más—. Y ustedes dos, ya basta de comportarse como niñas. —Ambas me devuelven la mirada en silencio.
Un rayo cruza el cielo justo al salir del lugar. La lluvia ha bajado su intensidad en los pocos minutos adentro, pero las luces que cruzan las nubes me hacen tragar saliva. Bien, una aventura más en un día de mierda.
Con un movimiento ordeno al grifo avanzar hacia el risco. Los grifos eran seres mágicos muy orgullosos. Si le parecía que trataba de domarlo me dejaría caer al precipicio. Lo noto inquieto al escuchar el estruendo del rayo. No me dejes caer, no hoy.
Acaricio su cuello y susurro suavemente cerca de sus oídos. —Por favor, llévame a casa. —El grifo granea una vez y lo veo intentar retroceder cuando otro rayo cae a lo lejos y su estruendo resuena en toda la tierra. Y entonces caemos al precipicio.
Me aprieto a su cuerpo y presiono las piernas al sentir la caída. El estómago parece subírseme a la garganta y por un momento no logro diferenciar más sonido que el aire silbando a mi lado. Abro los ojos y mi corazón bombea al vernos cada vez más cerca del suelo, pero de un momento a otro nos elevamos en vertical, hacia arriba y más arriba como una bala.
Suelto un quejido de dolor cuando llegamos a la altura necesaria y el grifo se incorpora de golpe e inicia su vuelo hacia adelante. Es entonces que noto haber olvidado el cinturón de seguridad; ni siquiera coloqué la silla de montar.
Un grito y Carissa está a mi lado tan pálida como el papel. Me lanza una mirada de odio mientras intenta no vomitar.
—Tranquila, Natasha. No llegarás más rápido así. Lo único que causarás será nuestra muerte —dice Madelline a mi otro costado—. Ahora procuremos no ser alcanzadas por un rayo —agrega asustada viendo hacia el cielo. No digo nada dándome cuenta de que tiene toda la maldita razón.
Me doy cuenta de que nos había puesto en un riesgo enorme. Pero no hay vuelta atrás. La carta de mamá había sido una amenaza, clara y directa. Otro rayo brilla en lo alto erizándome los vellos de la piel. Ni aunque nos vayamos al infierno.
Siento mi corazón acelerándose con cada minuto que pasamos en el aire. Trato de acelerar el vuelo, pero el grifo grana en reproche. Los animales eran seres de la naturaleza, tan antiguos como la magia; no respondían a nadie. Ni al más mínimo golpe. Ellos sabían que tenían la opción de dejarnos caer si no los respetábamos. Muerdo mi labio sintiendo el sabor metálico de la sangre y evito pensar en la pequeña niña de ojos azules que me espera en el palacio.
Editado: 27.03.2026