Sangre Real

Capítulo 7

Tres días.
Es lo que puedo soportar en el domo bajo la vigilancia de Melia.

—Si no me dejas ir ahora te juro que tumbaré este lugar —amenazo empujando al saco de músculos que bloquea la puerta.

—Quiero verte intentándolo —dice Gael sin moverse de la puerta—. Ah mira, ya puedo ver las paredes derrumbarse. —se burla mientras uso todo mi cuerpo para moverlo de la puerta.

—Ah, ya muévete —gruño y empujo con más fuerza, pero el esfuerzo hace que me tambalee.

—Ni siquiera puedes mantenerte en pie. ¿Cómo planeas exactamente derrumbar el edificio? —pregunta sosteniéndome con un brazo. Me guía de regreso a la cama y yo solo siento cómo la habitación da vueltas conmigo—. Trata de quedarte en la cama, ¿quieres?

Me siento en el borde sosteniendo mi cabeza con mis manos.

—No pienso quedarme aquí ni un minuto más —digo entre dientes.

—Sí, bueno, primero deberías vestirte ¿sabes? —comenta y le lanzo una mirada al camisón negro que Madelline ha traído—. Ah, es verdad, me llevé tu ropa.

Suspiro, enderezándome y viendo a Gael reírse de pie frente a mí.

—¿Dónde está mi ropa? —pregunto viendo de reojo el sofá donde debería estar mi maletín.

—Cómo extraño que me preguntes eso —dice soltando un suspiro—. Me la llevé y no te la devolveré mientras sigas intentando irte de aquí. Mamá dijo que necesitas una semana por lo menos para hacer uso de tu magia.

—¿Y por eso te llamó? Qué considerada es Melia. Pero yo no soy Vanessa, que se la pasa perdiendo el tiempo —me pongo de pie con dificultad—. Debo volver a mi trabajo. Gracias por hacer de niñera, pero me voy a ir de aquí vestida o desnuda, Gael —advierto cruzándome de brazos.

Gael borra su sonrisa y está a punto de decir algo cuando la puerta se abre interrumpiéndolo.

—¿Cómo está nuestra princesa, Gael? —pregunta su madre caminando hacia nosotros.

Lo que faltaba.

—Nuestra princesa es terca como siempre —masculla su hijo.

Melia sonríe y se mete las manos en los bolsillos.

—Natasha, deberías quitarte eso —dice Melia viendo el camisón que apenas cubría lo importante.

—Es justo lo que iba a sugerir antes de que entraras...

—Cierra ya la maldita boca, Gael —exijo harta de su cinismo—. Melia, sácalo de aquí y dile que me devuelva mi ropa —exijo dando un paso hacia ella.

—Gael, déjanos solas. Pero no te vayas lejos, no queremos otro incidente como el de esta mañana —dice Melia.

Lo de esta mañana no fue mi culpa. Un soldado entró sin avisar y cuando desperté lo vi esculcando en mis cosas. No lo maté, pero dudo que vuelva a tocar a una mujer en su vida.

Gael asiente y se retira sin más de la habitación.

—Melia, tengo que salir de aquí...

—Sí, sí, ya lo dijiste muchas veces desde que despertaste —camina hacia la mesilla de noche—. El caso es que si te dejo salir volverás muy pronto. Mírate —señala y se vuelve hacia mí—. Después de que atacaste al chico colapsaste en el piso. Tenía un muy buen punto. Solo será cuestión de tiempo para verte regresar aquí —se acerca a mí de nuevo, sin sonrisa, con una mirada preocupada y molesta—. No creo que la gran Natasha Sagrel esté dispuesta a dejarse ver de esa manera —dice dándome justo en el ego.

Guardo silencio, no porque tenga razón, sino porque... porque maldita sea, tiene razón.

Melia me observa fijamente con esos enormes y redondos ojos. Asiente al verme guardar silencio.

—Les diré que te traigan tu ropa y cámbiate —indica caminando de nuevo a la puerta—. Ah, y Natasha... lindo chupón —dice sonriendo y la oigo salir.

Maldita sea, Gael.

Camino por la habitación como gato encerrado por un buen rato y cuando las piernas me duelen decido que es buen momento para sentarme... en el piso.

Voy a comenzar a arrancarme el cabello en cualquier momento de la desesperación.

Me levanto y camino de nuevo para dejarme caer boca abajo en la cama. Si abría la puerta me encontraría con los guardias de Gael y él posiblemente estaba por allí dando vueltas. La ventana no era opción cuando no sabía si mi magia respondería para frenar la caída.

Gruño con la cara enterrada en el colchón.

—Hilda, ¿dónde demonios estás? —pregunto en voz alta.

Hilda no estaba, por lo menos no en Achlys. No podía sentirla. Lo más probable es que Jamael la hubiese hecho volver de nuevo y me sorprendía en gran manera, cuando Jamael parecía obsesionado por vigilarme.

Luego de un rato me dirijo al baño que recién descubrí ayer. La puerta en la esquina tenía una ducha y lo necesario para funcionar. Pero quería mi tina.

Restriego con furia mi cabello tratando de arrancar cualquier rastro de asquerosidad que pueda haberse pegado en estos días. Literalmente llevo una semana sin baño y hoy...

Me siento tan asquerosa.

Cada zona de mi cuerpo es restregada con el jabón, como si pudiera borrar las líneas negras y grises que ahora marcaban mi cuerpo. Nunca quise marcarme o tatuarme. Ya tengo demasiadas cicatrices. Cuando considero que mi piel comenzará a sangrar en cualquier momento, me siento limpia. Huelo al jabón de canelo que Madelline me había enviado. Salgo envuelta en la toalla y abro el maletín sacando la ropa.

Camisón, camisón, camisón.

Me lleva el demonio. ¡Madelline!

Suspiro y veo los camisones. Uno de ellos bajaba de las rodillas y cubría lo suficiente, pero su tela era un poco transparente.

Juro que la mataré.

Me pongo el camisón color negro y me dejo caer la toalla sobre los hombros para que no se moje con mi cabello. Desenredo los nudos de mi cabello y poco a poco voy sintiéndome mejor.

El día pasa lento. Lo que parece una eternidad después, la ventana ha comenzado a parecerme la mejor opción para salir de aquí. Puedo sobrevivir con algunos huesos rotos.

Suspiro y me apoyo en el marco y veo a lo lejos las montañas que rodean la capital. Detrás de ellas y kilómetros más allá, hacia el norte y luego al este.



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En el texto hay: amor, distopico, magia arcana

Editado: 27.03.2026

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