A finales del siglo XIX, el mundo visible habitado por los hombres no es más que una pequeña y limitada porción de toda la realidad que existe. Más allá de las fronteras conocidas, de las ciudades de piedra y ladrillo, y del paso regular del tiempo que todos dan por sentado, se extienden otros dominios: reinos ocultos, protegidos por barreras invisibles pero indestructibles, que han permanecido intactas durante milenios.
Desde los orígenes mismos de la creación, cuando el universo aún tomaba forma, se firmó un pacto inquebrantable. Fue grabado en pergaminos de luz y fuego, y sellado con la sangre de los primeros líderes de cada estirpe: las razas de la luz y el orden nunca deben mezclarse, ni relacionarse, ni unirse de forma alguna con las razas de la sombra y la sangre. Cualquier contacto, cualquier vínculo, cualquier intercambio de pensamientos o sentimientos entre ambos bandos se considera la mayor traición al equilibrio universal. Y su castigo no admite excepciones: la pérdida inmediata de la inmortalidad, el destierro eterno a la nada, o la extinción total de quienes osen romper la ley sagrada.
Las jerarquías gobiernan cada rincón de la existencia sin dejar lugar a dudas. Por un lado, los descendientes del linaje divino —guardianes del destino, la memoria y la luz eterna— velan día y noche para que el tiempo siga su curso correcto y ningún recuerdo importante se pierda en el olvido. Su mundo es de quietud, claridad y armonía, pero también está atado a reglas tan estrictas que limitan cada deseo personal, cada anhelo de libertad.
Por el otro, las estirpes antiguas de la noche gobiernan sus propios territorios bajo leyes de hierro y disciplina férrea. Son seres de fuerza descomunal, vida prolongada y voluntad inquebrantable, pero condenados a ocultarse de la luz del sol, a vivir en las sombras y a cargar con el peso de siglos de soledad y obligaciones que nadie más puede entender.
Durante incontables generaciones, todo funcionó en silencio y orden. Las barreras no se movieron, las leyes se cumplieron al pie de la letra y el equilibrio parecía inamovible para siempre. Pero ningún sello es eterno, y ningún destino está escrito para permanecer igual por toda la eternidad.
Todo comenzó sin un encuentro físico, sin un acuerdo deliberado, sin un acto de voluntad. Empezó como un susurro lejano en la mente, una imagen borrosa que aparecía sin aviso, una sensación extraña de que, en algún lugar más allá de lo permitido, existía alguien que pensaba igual, que sentía cargas similares, que llevaba una soledad parecida.
Un lazo inexplicable acababa de nacer. Y con él, el principio del fin de todo lo que se había mantenido seguro durante siglos.
Editado: 26.06.2026