El reino de los Recuerdos no tenía nombre en los mapas de los hombres, ni en los registros de ninguna estirpe de la noche. Era un lugar que existía fuera del tiempo convencional, un espacio suspendido entre lo que había sido y lo que estaba por llegar. Allí, el sol no salía ni se ponía; en su lugar, una luz dorada y suave lo bañaba todo con una claridad que no cegaba, sino que reconfortaba, como la memoria de un día feliz vivido hacía siglos.
Los jardines se extendían hasta donde alcanzaba la vista, con árboles de hojas perennes que nunca se marchitaban, flores que desprendían aromas dulces y profundos, y senderos de piedra blanca que llevaban a bibliotecas infinitas, salas de observación y aposentos amplios y silenciosos. El aire era limpio, fresco, y se movía con una lentitud que invitaba a la calma, pero también a la reflexión profunda.
Allí vivía Avenue.
Su figura se recortaba contra la luz, esbelta y elegante, vestida con ropas de telas ligeras en tonos marfil y oro que se movían con cada paso como si flotaran. Su cabello, de un rojo intenso como el vino añejo o las llamas que no queman, caía en ondas abundantes sobre sus hombros y su espalda, y enmarcaba un rostro de rasgos suaves pero firmes, con ojos claros y serenos que parecían guardar la sabiduría de milenios.
Era una de las guardianas principales de aquel reino. Su deber, inculcado desde el momento en que despertó a la conciencia, era preservar el hilo del destino, ordenar los recuerdos de todas las cosas que existían y vigilar que el curso natural de la creación no sufriera alteraciones. Tenía autoridad, respeto y una posición privilegiada entre los suyos, pero también cadenas invisibles: las leyes antiguas le prohibían mirar hacia los dominios de la oscuridad, interferir en asuntos que no le correspondían y, sobre todo, establecer cualquier tipo de vínculo con seres ajenos a su linaje.
Durante siglos, había cumplido con su tarea sin dudar. Había visto nacer civilizaciones y verlas caer, había guardado secretos de reyes y dioses olvidados, había sentido cómo el tiempo fluía constante y ordenado. Pero hacía ya casi doscientos años, algo había cambiado. Algo que ninguna enseñanza, ninguna regla ni ningún consejo de los ancianos había podido explicar.
Estaba en la sala de los Anales, de pie frente a una de las estanterías altas que llegaban hasta el techo abovedado, pasando con suavidad las páginas de un pergamino antiguo que relataba la historia de un pueblo desaparecido mucho antes de que los primeros castillos se construyeran en Europa. El silencio era absoluto, como siempre, cuando de repente lo sintió: no fue un sonido que llegara a sus oídos, sino una voz que resonó directamente en su interior, profunda, grave, cargada de un cansancio antiguo y de una autoridad que no admitía discusiones.
“La noche se hace eterna cuando no hay nadie que comprenda el peso de llevar un reino sobre los hombros”
Avenue se detuvo en seco. Sus dedos se quedaron suspendidos en el aire, y el pergamino tembló ligeramente bajo su tacto. Al principio pensó que era un eco de sus propios pensamientos, un reflejo de su propia soledad que se manifestaba en forma de voz. Pero entonces vinieron las imágenes, claras y nítidas, como si ella misma estuviera allí: calles empedradas brillantes por la lluvia reciente, faroles de gas que lanzaban una luz anaranjada y tenue sobre fachadas de piedra oscura, una mansión inmensa rodeada de bosques frondosos, una biblioteca llena de libros con lomos desgastados por el paso de los siglos, y una sensación de frío, de quietud densa, de un tiempo que avanzaba mucho más lento y pesado que en su propio mundo.
Dio un paso atrás, apoyando una mano en la estantería para recuperar el equilibrio. Había escuchado historias de ilusiones, de hechizos que podían confundir la mente, pero esto no se parecía a nada de lo que conocía. No era una visión falsa; podía sentir la emoción detrás de esas palabras: la frustración, el orgullo contenido, la soledad que pesaba más que cualquier obligación.
Concentró toda su energía, tal como le habían enseñado. Cerró los ojos, ordenó sus pensamientos, levantó las barreras mentales que protegían la mente de los suyos contra cualquier intrusión. Esperó que la voz se apagara, que las imágenes se desvanecieran y todo volviera a la normalidad. Pero ocurrió justo lo contrario: cuanto más fuerza ponía en bloquearlo, más fuerte se hacía la conexión. La voz se volvía más clara, las visiones más definidas, y empezó a percibir también sus propios sentimientos viajando hacia el otro lado, como si una puerta que debía permanecer cerrada se hubiera abierto de par en par.
“¿Quién eres?” intentó preguntar, sin usar la voz, solo con el pensamiento, temblando de confusión y curiosidad.
No obtuvo respuesta inmediata, pero sintió una sorpresa intensa al otro extremo, seguida de desconfianza y de una tensión que casi podía tocarse.
A cientos de kilómetros y a través de planos que separaban mundos, en una mansión de piedra gris construida sobre una colina rodeada de bosques oscuros y espesos, Seyir Sulai caminaba con pasos lentos y silenciosos por el pasillo principal.
Su apariencia era la de un hombre de unos treinta años, con rasgos marcados y elegantes, piel pálida como la luna llena, cabello negro azabache que caía liso y ordenado hasta el cuello, y ojos oscuros, profundos y fríos como la noche sin estrellas. Pero esa apariencia engañaba: bajo esa forma humana latía la fuerza de seiscientos años de existencia, de una estirpe antigua y poderosa que gobernaba sobre los dominios de la oscuridad desde hacía siglos.
Era el líder de su clan, el señor de esas tierras y de muchas otras que se extendían más allá de las fronteras visibles. Tenía poder absoluto sobre los suyos, respeto incondicional y un control férreo sobre todo lo que ocurría en sus territorios. Sin embargo, también tenía sus propias leyes, tan estrictas como las que regían el mundo de Avenue: no debía acercarse a los dominios de la luz, no debía revelar su naturaleza a los hombres, no debía mostrar debilidad alguna, y sobre todo, no debía establecer ningún contacto con seres de otras razas, bajo pena de perder su posición, su estirpe y hasta su propia existencia.
Editado: 26.06.2026