Después de lo que Pablo le había contado, Martín pasó todo el día intentando actuar normal. Pero no era fácil.
Todo era demasiado intenso.
Podía escuchar conversaciones en el pasillo desde su clase.
Podía oler la comida del comedor desde el otro lado del instituto.
Incluso el latido del corazón de las personas cercanas le parecía… demasiado fuerte.
Cuando volvió a casa, intentó relajarse en su habitación.
—Tranquilo… tranquilo… —murmuró.
Pero entonces escuchó la puerta abrirse.
Muchas voces.
Risas.
Pasos.
—¡Martín! —gritó su madre desde abajo—. ¡Baja un momento!
Martín bajó las escaleras… y entonces lo recordó.
—Oh no…
El salón estaba lleno de gente. Globos, música, comida y niños corriendo por todas partes.
Su hermana pequeña estaba en medio del salón con una corona de cartón.
—¡Es la fiesta de cumpleaños de tu hermana! —dijo su madre con una sonrisa.
Para Martín, aquello era una pesadilla.
Había humanos por todas partes.
Y lo peor… era que podía escuchar todos sus corazones latiendo.
Tum… tum… tum… tum…
Se llevó la mano a la cabeza.
—¿Te pasa algo? —preguntó su madre.
—No… solo estoy cansado —respondió.
Intentó sentarse en el sofá, pero el olor de la comida y de la gente era demasiado fuerte.
“Concéntrate”, pensó. “No pasa nada.”
Entonces uno de los niños se cayó jugando cerca de la mesa.
Se raspó la rodilla.
Una gota de sangre apareció.
El mundo de Martín pareció detenerse.
El olor le llegó al instante.
Su cuerpo reaccionó solo. Su respiración se volvió más rápida.
—No… —susurró.
Se levantó de golpe y caminó rápido hacia la cocina.
Cerró la puerta.
—Respira… respira…
Pero su corazón latía muy fuerte.
De repente escuchó un pequeño golpe en la ventana.
Toc. Toc.
Martín se giró.
En la ventana estaba Pablo, mirándolo con expresión seria.
Martín abrió la ventana rápidamente.
—¿Cómo sabías que estaba pasando algo? —susurró.
Pablo se encogió de hombros.
—Te conozco. Sabía que tu primer día rodeado de humanos sería difícil.
Desde el salón se escuchaban las risas de la fiesta.
Martín suspiró.
—Es la fiesta de mi hermana… y apenas puedo estar dentro de mi propia casa.
Pablo lo miró con calma.
—Al principio es así para todos.
Martín se apoyó en la encimera.
—¿Y si pierdo el control?
Pablo negó con la cabeza.
—No lo harás.
—¿Cómo lo sabes?
Pablo sonrió un poco.
—Porque estás intentando resistir. Los vampiros peligrosos ni siquiera lo intentan.
En ese momento, desde el bosque cercano a la casa…
Pablo levantó la cabeza de repente.
—¿Qué pasa? —preguntó Martín.
Pablo miró hacia la oscuridad entre los árboles.
Su expresión cambió.
—Martín… —dijo en voz baja—.
—¿Sí?
—Creo que no soy el único vampiro que ha venido a tu casa esta noche.
Y en el borde del bosque, entre las sombras, unos ojos observaban la fiesta.
Editado: 07.06.2026