Martín seguía en la cocina, intentando calmarse. La música de la fiesta sonaba desde el salón, mezclada con las risas de los invitados.
Pablo miró hacia el bosque una vez más y luego volvió a mirar a Martín.
—Voy a quedarme aquí un rato —dijo—. Por si acaso.
Martín asintió, agradecido.
—Gracias… creo que lo necesito.
Pablo entró por la ventana con agilidad y ambos regresaron al salón intentando actuar como si todo fuera normal.
Había globos por todas partes, niños jugando y adultos hablando cerca de la mesa donde estaban las bebidas.
Martín intentaba concentrarse en algo que no fueran los latidos de la gente.
—Recuerda —susurró Pablo cerca de él—. Respira despacio. No mires a nadie fijamente.
Martín asintió.
Justo entonces un hombre adulto que nadie parecía conocer muy bien se acercó a la mesa de bebidas.
—¿Aquí hay algo más fuerte que refrescos? —dijo riendo.
Parecía que venía buscando alcohol.
Tomó una botella de vidrio de la mesa y empezó a abrirla… pero al hacerlo, la botella se resbaló de sus manos.
CRASH.
La botella cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.
—¡Rayos! —exclamó el hombre.
Intentó recoger los trozos… pero uno de los cristales le cortó profundamente la mano.
—¡Ah!
La sangre empezó a salir rápidamente.
Para Martín, el tiempo pareció detenerse.
El olor llegó de golpe.
Mucho más fuerte que antes.
Su respiración se volvió pesada.
—Martín… —susurró Pablo inmediatamente.
Pero Martín ya estaba sintiendo el impulso.
El olor llenaba toda la habitación.
El corazón del hombre latía fuerte.
Tum. Tum. Tum.
Martín dio un paso hacia delante sin darse cuenta.
Pablo lo agarró del brazo con fuerza.
—¡Mírame! —dijo en voz baja pero firme.
Martín giró la cabeza hacia él.
Los ojos amarillos de Martín brillaban.
—Concéntrate —dijo Pablo—. No eres un monstruo.
En el salón, los adultos estaban ocupados buscando vendas.
—¡Tráiganme una servilleta! —dijo alguien.
Pablo se acercó al oído de Martín.
—Vamos a salir un momento.
—No… puedo… —murmuró Martín, intentando resistir.
Pero el olor seguía ahí.
Entonces, Guillermo apareció entre la gente.
Miró la escena, vio la sangre… y luego miró a Martín.
Entendió inmediatamente.
Guillermo caminó hacia el hombre herido.
—Tranquilo, señor —dijo—. Yo lo llevo al baño para limpiarle la herida.
Lo ayudó a levantarse y lo llevó fuera del salón.
El olor empezó a desaparecer.
Martín respiró hondo varias veces.
Poco a poco… el impulso se fue calmando.
Pablo soltó su brazo.
—Lo hiciste —dijo.
Martín estaba temblando.
—Por poco…
Guillermo regresó unos minutos después.
—Ya está —dijo—. Solo fue un corte. Nada grave.
Martín suspiró aliviado.
Pero entonces Pablo volvió a mirar hacia la ventana.
—Eso no fue lo peor de esta noche.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Martín.
Pablo habló en voz muy baja.
—Mientras todos miraban al hombre herido… alguien estaba mirando hacia dentro desde el bosque.
Martín sintió un escalofrío.
—¿El otro vampiro?
Pablo asintió lentamente.
—Sí.
Y parecía que estaba esperando el momento perfecto para acercarse.
Editado: 07.06.2026