A la mañana siguiente, Martín llegó al instituto con la cabeza llena de pensamientos. Apenas había dormido. La noche anterior había sido demasiado intensa: la fiesta, el olor a sangre… y esa presencia en el bosque.
En el patio vio a Pablo apoyado contra una valla, esperando.
—¿Cómo estás? —preguntó en voz baja.
Martín se encogió de hombros.
—Intentando no pensar en la fiesta…
Pablo asintió.
—Eso mejora con el tiempo.
En ese momento apareció Guillermo caminando rápido hacia ellos. Pero no tenía la sonrisa de siempre. Su expresión era seria.
—Tenemos que hablar —dijo.
Los tres se alejaron un poco del resto de estudiantes, hacia un rincón del patio.
Guillermo cruzó los brazos.
—Lo de anoche… lo vi todo.
Martín frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Guillermo miró directamente a Pablo.
—Vi cómo lo sujetabas. Vi sus ojos.
Martín sintió un nudo en el estómago.
—Guillermo…
Pero Guillermo levantó la mano.
—No. Ahora hablo yo.
Se giró hacia Pablo.
—Lo sospechaba desde hace tiempo. Eres raro, demasiado rápido… demasiado silencioso.
Pablo no respondió.
Guillermo continuó:
—Pero ahora también Martín es como tú.
Martín dio un paso adelante.
—Guillermo, escucha…
—¡No! —dijo Guillermo con enfado—. ¡No quiero escuchar nada!
El patio parecía quedarse en silencio alrededor de ellos.
—¿Sabes lo que sois? —continuó Guillermo—.
Martín intentó intervenir.
—Guillermo, cálmate…
Pero Guillermo dio un paso atrás.
—No quiero ser amigo de unos chupasangre.
Las palabras cayeron como una piedra.
Martín bajó la mirada.
—No somos monstruos —dijo Pablo con calma.
—Eso es lo que diría un monstruo —respondió Guillermo.
Martín levantó la cabeza rápidamente.
—¡Guillermo, basta!
Los dos lo miraron.
—Somos los mismos de siempre —continuó Martín—. Solo… nos ha pasado algo raro.
Guillermo apretó los puños.
—No. Ya no sois los mismos.
Hubo un momento de silencio incómodo.
Finalmente Guillermo habló otra vez, más serio.
—No os acerquéis a mí.
Se dio la vuelta y empezó a alejarse por el patio.
Martín lo miró irse.
—Genial… —murmuró.
Pablo suspiró.
—Dale tiempo.
Martín negó con la cabeza.
—No parecía que quisiera tiempo.
En ese momento, desde el otro lado del patio…
Guillermo se detuvo de repente.
Parecía haber visto algo.
Algo que solo él había notado.
Sus ojos se abrieron un poco.
Y sin mirar atrás dijo en voz baja:
—Y si queréis un consejo… preparaos.
Martín frunció el ceño.
—¿Para qué?
Guillermo respondió sin girarse:
—Porque no sois los únicos vampiros en este pueblo.
Y alguien más ya sabe que existís.
Editado: 07.06.2026