Martín y Pablo no podían creer lo que acababa de pasar.
La fuerza de la patada todavía le parecía irreal a Martín, y ver a Guillermo marcharse hacia el bosque sin mirar atrás le daba un mal presentimiento.
—Tenemos que seguirlo —dijo Martín, decidido.
—Espera… —dijo Pablo—. No sabemos qué hay ahí fuera.
Pero Martín ya estaba corriendo. La adrenalina mezclada con sus nuevos sentidos de vampiro lo hacía casi imposible de detener. Pablo suspiró y lo siguió.
El bosque estaba silencioso, pero no de manera normal. Cada hoja crujida, cada rama moviéndose, parecía amplificarse en los oídos de Martín.
Avanzaban entre los árboles, adentrándose más de lo que habían ido antes, siguiendo el rastro de Guillermo.
—¡Guillermo! ¡Espera! —gritó Martín, mientras las ramas golpeaban su cara.
Pero no hubo respuesta. Solo el sonido del viento entre los árboles y el crujir del suelo bajo sus pies.
Entonces algo se movió entre la penumbra.
Un lobo grande apareció, de pelaje gris oscuro y ojos brillantes. Martín frenó en seco.
—¿Un lobo? —susurró Pablo.
—No lo sé… —respondió Martín, con los sentidos alertas—. Pero no es Guillermo.
El lobo los observaba unos segundos, rígido y alerta, y luego empezó a caminar lentamente hacia un claro, sin apartar la mirada de ellos.
Martín se dio cuenta de algo: no había rastro de Guillermo, solo ese lobo que parecía… vigilar la zona.
—Tal vez nos esté llevando hacia él —dijo Martín.
—O nos está advirtiendo —dijo Pablo—. Algunos animales sienten cosas que nosotros ni siquiera podemos imaginar.
Martín miró el bosque denso a su alrededor. Cada sombra parecía moverse con vida propia, y el lobo se movía con pasos silenciosos, como si supiera exactamente adónde ir.
—Sea lo que sea… tenemos que encontrar a Guillermo —dijo Martín, decidido.
El lobo los condujo entre los árboles, avanzando con calma pero seguridad.
Pero cuanto más se adentraban, el bosque se volvía más oscuro y silencioso, como si algo los estuviera observando desde lejos.
Martín apretó los dientes, sintiendo el hormigueo en su cuerpo, sus sentidos más agudos que nunca.
—Pablo… —susurró—. No me gusta esto.
Pablo asintió, con los ojos fijos en la figura gris.
—Yo tampoco… pero parece que el lobo sabe algo que nosotros no.
Y mientras seguían al animal, Martín sintió que algo más estaba cerca, acechando entre las sombras… algo que no era un lobo.
Editado: 07.06.2026