Esa noche, Martín no pudo dormir. Se dio vueltas en la cama, miraba el techo y escuchaba cada pequeño sonido de la casa. Incluso el tic-tac del reloj parecía un tambor en su cabeza. Su mente no dejaba de dar vueltas a todo lo que había pasado: la patada, el lobo en el bosque, la fuerza que había sentido… y Guillermo desaparecido.
Al amanecer, todavía sin descansar, Martín recibió un mensaje de Pablo.
—Martín —decía el mensaje—: No dormir es uno de los síntomas. Debes acostumbrarte poco a poco.
Martín frunció el ceño. Sí, era cierto: desde que había empezado a transformarse, dormir parecía imposible. Sus sentidos estaban demasiado alertas y todo su cuerpo vibraba con energía.
Se levantó, se duchó y salió de casa. Miró hacia el instituto… pero Guillermo no aparecía. Ni en el patio, ni en la entrada. Ni siquiera estaba en los alrededores.
Desconcertado, Martín decidió llamar a su madre.
—Mamá… ¿Has visto a Guillermo? —preguntó por teléfono.
—No, cariño —respondió ella—. Está en casa, no ha salido.
Martín tragó saliva. Si Guillermo estaba en casa, ¿por qué no lo había visto en el instituto? Algo no cuadraba.
Decidió ir hacia la casa de Guillermo. Caminó rápido, esquivando ramas y hojas caídas, pero mientras se acercaba, un olor extraño le llegó de golpe.
—¿Qué es esto? —murmuró para sí mismo.
Era un olor fuerte a perro mojado, húmedo y penetrante, pero al mirar alrededor no había ningún perro.
Martín parpadeó y olfateó de nuevo. El olor parecía venir de dentro de la casa de Guillermo.
Su corazón empezó a latir más rápido. Sus sentidos de vampiro le decían que algo estaba allí, algo… vivo, aunque no podía identificar qué.
—Esto no tiene sentido —dijo, mientras se acercaba con cautela a la puerta—. Guillermo… ¿qué estás haciendo?
Abrió la puerta lentamente y el olor se intensificó. El aire estaba húmedo y pesado, y el silencio dentro de la casa era absoluto. Solo podía oír su propia respiración y el latido acelerado de su corazón.
Martín dio un paso más, alerta, sintiendo una presencia que no era humana. Algo se movía entre las sombras, acechándolo, casi como si lo esperara.
—Guillermo… ¿estás aquí? —susurró, intentando mantener la calma.
Nada respondió, solo el olor persistente a perro mojado, y la sensación de que alguien —o algo— lo estaba observando muy de cerca.
Editado: 07.06.2026