El sol estaba empezando a ponerse cuando Martín y Pablo se dirigieron hacia la casa de Guillermo, con la intención de hablar con él. Algo en el aire les ponía los sentidos en alerta: un olor metálico y frío flotaba por el pueblo, mezclado con el olor a tierra húmeda y hojas.
Al llegar, la puerta estaba abierta de par en par. El corazón de Martín latía a toda velocidad.
—Guillermo… ¿estás aquí? —llamó.
De repente, desde dentro de la casa, un grito desgarrador resonó por el aire. Era la voz de alguien que no podrían olvidar nunca. Martín y Pablo corrieron dentro, y lo que vieron los dejó helados: la madre de Guillermo yacía en el suelo, inmóvil. No había señales de lucha visibles, pero el olor a sangre estaba en el aire y su cuerpo estaba frío.
Guillermo estaba frente a ellos, con el rostro tenso y los ojos amarillos brillando con rabia.
—¡Váyanse del pueblo! —les gritó—. ¡Ahora!
Martín dio un paso adelante, tratando de explicar:
—Guillermo, no fuimos nosotros…
Guillermo los interrumpió de golpe.
—¡No quiero escuchar excusas! —dijo—. No me importa lo que digan. No puedo arriesgarme a que alguien más sufra por estar cerca de ustedes.
Pablo respiró hondo, intentando calmar la situación.
—Guillermo… necesitamos quedarnos. No podemos huir. Si hay un vampiro suelto… él atacará más personas.
Guillermo sacudió la cabeza con frustración.
—No lo entienden. Para mí… ustedes podrían haberlo hecho. No sé quién más podría estar involucrado, pero no puedo arriesgarme a que sigan aquí.
Martín apretó los puños, sintiendo la frustración y la impotencia recorrer su cuerpo.
—No tenemos otra opción —susurró—. Si nos vamos, el vampiro seguirá matando a más gente.
Guillermo los miró fijamente, con una mezcla de dolor y furia.
—Entonces sereis vosotros los que paguen las consecuencias —dijo, en voz baja, casi como para sí mismo—. No me importará lo que hagáis para protegeros. Vosotros no deberíais estar aquí.
Martín y Pablo intercambiaron una mirada. Sabían que, aunque quisieran obedecer, el pueblo no era seguro y no podían abandonar a los demás. Guillermo se giró hacia la puerta, sus ojos brillando, y se transformó en su forma de lobo por un instante antes de desaparecer entre las sombras del bosque, dejando a Martín y Pablo con el corazón acelerado y la sensación de que el peligro acababa de aumentar.
—Tenemos que descubrir quién fue —dijo Pablo, con voz firme—. Y rápido.
Martín asintió.
—No podemos dejar que este vampiro siga suelto… aunque Guillermo piense lo contrario.
El silencio del pueblo parecía más pesado que nunca, y el olor a sangre seguía flotando en el aire.
Sabían que su lucha apenas comenzaba.
Editado: 07.06.2026