La pelea había terminado. Martín estaba agitado, respirando con fuerza, con los músculos tensos y la adrenalina aún recorriendo su cuerpo. El vampiro enemigo estaba derrotado, destrozado en el suelo, incapaz de levantarse.
—Nunca más… —susurró Martín, con los ojos amarillos brillando en la oscuridad.
Pablo apareció entre los árboles, mirando la escena en silencio. No dijo nada, pero su presencia fue suficiente para que Martín se relajara un poco. Sabía que no había terminado su entrenamiento, pero esta victoria era importante.
Mientras regresaban hacia el pueblo, Martín no podía evitar notar algo diferente en la actitud de las chicas de su clase. Varias de ellas los miraban desde lejos, y parecía que sus miradas se centraban en Pablo. Él, como siempre, mantenía su expresión fría y distante, sin mostrar reacción alguna.
—¿Qué les pasa? —preguntó Martín, susurrando.
Pablo levantó la cabeza lentamente, sus ojos amarillos brillando con calma.
—Ellas… se interesan por mí —dijo—. Pero no me importa. Ser distante y frío tiene sus ventajas. Mantengo el control.
Martín frunció el ceño, sorprendido y un poco molesto.
—¿Ventajas? No sé si llamarlo ventaja, más bien parece que estás… solo.
Pablo sonrió apenas, sin mucho sentimiento.
—Prefiero estar así. Nada ni nadie me distrae.
Martín suspiró, mirando al bosque que se alejaba detrás de ellos. La batalla había terminado, pero las tensiones entre ellos seguían creciendo. Martín, a pesar de su victoria y sus poderes, sentía que su amistad con Pablo y Guillermo estaba cambiando. El poder y la distancia de Pablo, su frialdad calculadora, empezaban a crear una barrera invisible.
Martín miró al cielo nocturno, iluminado por la luna llena, y pensó:
—Esto no ha terminado. Ni la pelea, ni todo lo que viene con ser como nosotros…
Pero por ahora, había algo que celebrar: había vencido al vampiro enemigo, y aunque las cosas con sus amigos fueran complicadas, sabía que estaba un paso más cerca de controlar lo que era.
Editado: 07.06.2026