Sangre y luna, parte 1, libro 1.

Capítulo 18: La comida

Era un sábado por la tarde cuando Camila llamó a Martín y Pablo.
—Chicos, ¿queréis venir a comer a mi casa? —preguntó con entusiasmo—. Mis padres no están y podemos pasar un buen rato.

Martín miró a Pablo, un poco dudoso, pero Pablo simplemente encogió los hombros con su habitual frialdad.
—Está bien… —dijo Pablo—. No podemos ser maleducados.

Martín asintió, aunque su instinto le decía que algo no saldría como esperaba.

Cuando llegaron a la casa de Camila, la mesa estaba servida con todo tipo de platos: ensaladas, pasta, pan recién horneado y jugos. Camila los recibió con una sonrisa brillante y los acomodó en la mesa.

—Sentaos —dijo—. Todo está listo.

Martín tomó un tenedor y empezó a comer, conversando con Camila sobre la escuela y los proyectos. Pablo, en cambio, parecía mirar la comida, pero no tocaba nada. Martín lo observó y pensó que tal vez estaba lleno.

Pero a medida que pasaban los minutos, algo extraño llamó la atención de Martín: Pablo no había tocado ni una sola cosa. Y lo mismo parecía pasar con él mismo: cuando tomó un poco de pan para ofrecérselo a Pablo, este lo rechazó de manera fría y directa.

Martín tragó saliva, y entonces empezó a notar otras señales: los ojos de Pablo brillaban ligeramente con un tono amarillento, sus movimientos eran precisos, demasiado perfectos, y ni siquiera respiraba como una persona normal al comer.

De repente, la comprensión golpeó a Martín. Miró su propio plato y se dio cuenta de que él tampoco sentía hambre. Cada bocado parecía vacío, como si su cuerpo no necesitara realmente alimento.

—Pablo… —susurró, con el corazón latiendo rápido—. No… ¿no comes?

Pablo lo miró, con la calma que siempre lo caracterizaba.
—No necesitamos comer… —dijo—. Esto… es lo que significa ser como somos.

Martín tragó saliva y miró a Camila, quien parecía feliz e inocente, sin darse cuenta de nada.
—Así que… Camila nos preparó toda esta comida… y nosotros… —dijo, con un hilo de voz—. No necesitamos nada.

Pablo asintió, frío pero firme.
—Exactamente. No podemos mostrarnos como alguien normal, no ahora.

Martín bajó la cabeza, sintiendo una mezcla de culpa y extrañeza.
—Esto… es tan raro… —susurró.

Camila, ajena a todo, les sonreía y charlaba sobre la escuela. Martín y Pablo se miraron, compartiendo esa sensación silenciosa de ser diferentes, sabiendo que el mundo de los humanos estaba lleno de cosas que ellos no podían compartir.

Y mientras comían un poco por cortesía, Martín pensó: ser vampiro no solo te da poder… también te separa de todo lo que solías conocer.



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En el texto hay: vampiros, hombres lobo, sangre.

Editado: 07.06.2026

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