Era un día nublado de verano, con el cielo gris y el viento suave que movía la arena de la playa. Martín caminaba junto a Pablo, sintiendo cómo sus sentidos de vampiro captaban cada detalle: el olor a sal, el sonido del mar y… algo más.
—Martín… ¿ves eso? —susurró Pablo, señalando hacia unas figuras que caminaban entre las dunas.
Martín siguió la dirección y vio a Camila, caminando sola, observándolos desde la distancia. Su corazón humano palpitó un poco más rápido; sabía que ella no estaba allí solo por casualidad.
Pablo frunció el ceño y, sin decir nada más, se alejó de Martín para acercarse a Camila. Sus pasos eran seguros y decididos, y Martín no podía evitar notar la tensión y suavidad que Pablo mostraba hacia ella.
—Espera… Pablo —susurró Martín, sintiéndose un poco excluido—. ¿Qué haces?
Pero Pablo no respondió. Martín decidió seguirlos a cierta distancia, manteniéndose en la sombra de las dunas, observando cada gesto.
Vio cómo Pablo se detenía frente a Camila, y cómo sus palabras y su mirada la tranquilizaban. La forma en que la escuchaba, la protegía y se preocupaba por ella era algo que Martín nunca había visto en su amigo. Era intenso, cálido… humano, a su manera.
Martín sintió un nudo en la garganta al darse cuenta: Pablo la quería mucho. No era solo protección, ni frialdad calculadora… había afecto verdadero.
Martín retrocedió unos pasos, respetando el momento, y observó desde la distancia mientras Pablo sonreía levemente a Camila, y ella correspondía con una sonrisa tímida.
—No sabía que podía… —murmuró Martín para sí mismo—. Pablo puede querer de verdad.
El mar rugía suavemente, y la arena bajo sus pies le recordaba que, aunque fueran diferentes, también podían tener vínculos con el mundo humano. Solo que esos vínculos eran complicados, peligrosos… y a veces dolorosos.
Martín decidió quedarse en la sombra, dejando que Pablo y Camila tuvieran su momento, mientras él reflexionaba sobre la extraña mezcla de amistad, lealtad y sentimientos que ahora formaba parte de su vida.
Editado: 07.06.2026