Era una tarde soleada, aunque no demasiado intensa, perfecta para jugar al fútbol. Martín, Pablo y Camila habían decidido pasar un rato juntos en el campo detrás del instituto. Camila reía mientras corría tras el balón, y Martín se sorprendía de lo mucho que ella disfrutaba, ajena a los peligros que los rodeaban.
Pablo la observaba de cerca, con su típica frialdad, pero sus ojos amarillos seguían cada movimiento de Camila como si anticipara cualquier peligro. Martín, por su parte, disfrutaba de la normalidad del juego… hasta que sintió un olor extraño y metálico flotando en el aire.
—Martín… algo no está bien —susurró Pablo, frunciendo el ceño—.
Antes de que pudieran reaccionar, una sombra se lanzó desde los arbustos. Un vampiro desconocido apareció, alto y delgado, con los ojos brillando de manera siniestra, directamente hacia Camila. Su intención era clara: atacarla.
—¡Camila, corre! —gritó Martín, corriendo hacia ella con velocidad sobrehumana.
Pablo saltó delante de ella, bloqueando al atacante con un movimiento ágil y preciso. Sus ojos amarillos reflejaban determinación y protección.
—¡No la toques! —gruñó Pablo, mientras lanzaba un golpe que desestabilizó al vampiro.
Martín se colocó a su lado, sus sentidos completamente alerta. Sentía la energía del enemigo, la velocidad, la fuerza… pero también su miedo ante la determinación de los dos vampiros jóvenes.
—¡Atrás! —dijo Martín, lanzando un golpe que hizo que el atacante retrocediera—. ¡No vas a tocarla!
Camila, escondida detrás de ellos, observaba aterrada y fascinada al mismo tiempo. Nunca había visto algo así: la velocidad, la fuerza y la coordinación de Martín y Pablo eran impresionantes.
El vampiro intentó un ataque más, pero Pablo y Martín lo bloquearon y lo empujaron hacia los arbustos, obligándolo a retroceder y finalmente huir entre las sombras del bosque, consciente de que enfrentarse a ellos no valía la pena.
Cuando todo terminó, Pablo se giró hacia Camila, con su expresión fría pero ojos que reflejaban alivio.
—¿Estás bien? —preguntó, en un tono que rara vez dejaba escuchar.
—Sí… gracias a vosotros —dijo ella, todavía temblando pero sonriendo débilmente—. Nunca imaginé que podrían protegerme así.
Martín se acercó y puso una mano en su hombro, sonriendo con orgullo.
—No es la primera vez que te protegemos, Camila. Solo… ten cuidado. Este mundo no es seguro para humanos.
Camila asintió, comprendiendo la gravedad del ataque. Mientras el sol se ocultaba, el viento movía la hierba, y los tres jóvenes se quedaron juntos en el campo, más unidos que nunca, conscientes de que el peligro siempre estaba al acecho, pero también de que podían contar el uno con el otro.
Editado: 07.06.2026