El viento azotaba la cara de Martín mientras su Porsche 911 Carrera 4 GTS rugía por la carretera. Cada segundo era vital, y cuando llegó al borde del acantilado, vio a Camila a punto de saltar. Sin pensarlo, frenó bruscamente, saltó del coche y corrió con velocidad sobrehumana hacia ella.
—¡Camila! —gritó—. ¡No lo hagas!
Ella apenas giró la cabeza, los ojos llenos de desesperación. Pero Martín la alcanzó justo a tiempo, envolviéndola con fuerza y arrastrándola hacia atrás, fuera del borde. Camila cayó al suelo, temblando, mientras Martín la abrazaba para asegurarse de que estaba bien.
—¡Gracias, Martín…! —susurró Camila, con lágrimas en los ojos—. No sabía qué iba a hacer…
—No hagas esto nunca más —dijo Martín, serio pero aliviado—. Estamos aquí para protegerte.
Camila asintió, respirando con fuerza, recuperando la calma poco a poco. Su transformación en mujer lobo todavía le daba fuerza y reflejos, pero aún necesitaba aprender a controlar sus emociones y poderes.
Mientras Martín y Camila se incorporaban, una figura llamó su atención a lo lejos. El sol se reflejaba en los ojos amarillos de Pablo, pero algo estaba mal: parecía débil, tambaleándose sobre el acantilado opuesto, con su postura menos firme de lo habitual.
—Pablo… —susurró Martín, con el corazón latiendo a toda velocidad—. Está… débil.
Camila miró también, su recién adquirida fuerza de mujer lobo haciéndola más alerta.
—¡Tenemos que ayudarlo! —dijo—. No puedo perderlo también.
Martín asintió, respirando profundamente. Su determinación se renovó. Había salvado a Camila, pero ahora su amigo estaba en peligro. Con un movimiento ágil, saltó de regreso hacia el coche, mientras Camila corría a su lado, y juntos se prepararon para llegar a Pablo antes de que fuera demasiado tarde.
El viento rugía entre las rocas, el acantilado se alzaba imponente, y el mar golpeaba contra las piedras abajo. La tensión era máxima: cada segundo contaba, y la vida de Pablo estaba en sus manos.
Editado: 07.06.2026