Blanca llevaba unos días en el instituto y aún se estaba acostumbrando al ambiente. Los pasillos eran amplios y silenciosos, y las miradas curiosas se cruzaban de vez en cuando. Aun así, había dos chicos que destacaban, sentados apartados en el comedor, ajenos al resto.
Un día, Blanca decidió acercarse a uno de ellos. Su corazón latía rápido, una mezcla de nervios y valentía. Se detuvo frente al chico de ojos amarillos y cabello oscuro, que estaba concentrado en un libro.
—Hola… ¿puedo preguntarte algo? —dijo Blanca, intentando sonar casual.
—Hmm… —el chico levantó la mirada lentamente, fríamente—. ¿Sí?
—Eh… me preguntaba… ¿quieres ir al cine conmigo algún día? —Blanca sonrió nerviosa.
El chico la miró con calma, con esa distancia que parecía imposible de atravesar.
—No. —dijo finalmente, firme—. Y… no soy malo, aunque lo parezca.
Blanca parpadeó, un poco sorprendida.
—¿No? —preguntó—. Pero… ¿y si lo fueras?
Pablo negó con la cabeza, sin mostrar emoción.
—No soy el malo. Solo… no me mezclo con la gente.
Blanca se sintió un poco desanimada, pero no completamente. Había algo en él que despertaba curiosidad.
Más tarde, Blanca entró en clase y, por suerte o casualidad, tuvo que sentarse junto a él. Intentó romper el hielo mientras organizaba sus libros, pero algo la desconcertó.
Pablo, al inclinarse para tomar su cuaderno, se tapó la nariz ligeramente con la mano, como si algo le molestara. Blanca lo notó, pero no le dio importancia.
—¿Eh? —pensó—. Parece que no huele nada mal…
El chico no dijo nada, manteniendo su expresión seria y distante. Blanca decidió no comentarlo, y se concentró en la clase, aunque no podía evitar mirarlo de vez en cuando.
Ese día, Blanca se dio cuenta de algo: Pablo era misterioso, frío… pero también intrigante, y algo en él parecía esconder secretos que iban mucho más allá de lo que ella podía imaginar.
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Editado: 09.06.2026