Sangre y luna, parte 1, libro 2.

Capítulo 21: Disco sin control

La discoteca estaba llena de luces de neón y música atronadora, pero de repente todo se volvió caótico.

Una de las amigas de Blanca tropezó con otra, y su copa de cristal cayó al suelo con un estruendo.
El vidrio se rompió en pedazos, y varias chicas sufrieron cortes profundos en las manos y brazos.

El griterío y el pánico se apoderaron del lugar.

Blanca vio cómo algunas chicas sangraban abundantemente y, de repente, algo cambió en Martín.

—¡Martín! —gritó Blanca, intentando acercarse—. ¡Tranquilo!

Pero Martín ya no parecía él mismo. Sus ojos comenzaron a volverse amarillos brillantes, iluminando su rostro en la penumbra de la discoteca.
Su respiración se volvió más rápida, y todo su cuerpo parecía temblar por un poder contenido.

Para Blanca, el mundo pareció dar un vuelco completo. La música, las luces, la multitud… todo desapareció a su alrededor. Solo existía la sensación de peligro y sed de sangre que emanaba de Martín.

Pablo, percibiendo de inmediato lo que estaba ocurriendo, saltó hacia él con rapidez vampírica.

—¡Martín! ¡Detente! —le gritó con fuerza mientras lo sujetaba por los hombros.

Martín forcejeó, su fuerza sobrehumana hacía que incluso Pablo tuviera que usar todo su control para no ser derribado.

—¡No puedo… controlarlo! —gruñó Martín, sus ojos brillando como focos dorados.

Blanca dio un paso atrás, horrorizada y preocupada al mismo tiempo.

Pablo apretó más fuerte los brazos de Martín.

—¡Respira! —ordenó—. ¡Recuerda quién eres!

El amarillo de los ojos de Martín se intensificó unos segundos más, y luego lentamente comenzó a disminuir su brillo. La tensión se disipó gradualmente, aunque sus hombros seguían temblando ligeramente.

Martín respiró profundo, tratando de volver a la calma, y finalmente sus ojos regresaron a un tono más normal, aunque todavía con un destello dorado que Blanca nunca había visto antes.

—Perdón… —susurró Martín, con la voz baja y temblorosa—. No quería…

Pablo lo sostuvo firmemente.

—Lo sé… pero recuerda, Martín… tú no eres tu sed.

Blanca observó la escena, dándose cuenta de algo: cada vez que la sangre humana estaba cerca, el lado vampírico de Martín se hacía más fuerte.
Y ella también lo notaba: que su propia sangre parecía ser un imán para ese poder.

La discoteca quedó en silencio, con pedazos de cristal por el suelo y varias chicas sangrando mientras los adultos y guardias llegaban.

Pero Blanca sabía que esto no era solo un accidente:

El control de Martín sobre sí mismo podía romperse en cualquier momento.




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