Era una tarde tranquila en el bosque cercano al pueblo. Blanca caminaba con Pablo y Martín, tratando de relajarse después de la tensión de la discoteca.
El aire olía a tierra húmeda y hojas secas. Blanca jugaba con un pequeño raspón que se había hecho en la mano mientras exploraba el bosque, limpiándolo con cuidado.
Pero para Pablo, aquel simple gesto fue suficiente para encender algo en su interior.
Sus ojos se volvieron amarillos intensos, brillando con un resplandor que cortaba la luz de la tarde. La respiración se le aceleró y su cuerpo empezó a tensarse.
—Pablo… —susurró Blanca, sin comprender del todo lo que estaba pasando.
Martín, al ver la señal de peligro, se colocó entre ellos.
—¡Pablo! ¡Controla esto! —gritó, mientras sus manos se extendían hacia él.
Pero Pablo estaba fuera de sí. Su instinto vampírico lo dominaba y, en un movimiento rápido y violento, le mordió el brazo a Martín.
Martín forcejeó con él, sintiendo el dolor de los colmillos penetrando su piel, pero sin perder la concentración.
—¡Pablo! ¡Escúchame! —gritó Martín—. ¡No eres tú! ¡Detente!
El cuerpo de Pablo temblaba y luchaba contra sí mismo, pero cada segundo que pasaba parecía hundirlo más en su sed. Martín, utilizando toda su fuerza y velocidad, lo sujetó firmemente mientras hablaba con voz calmada y firme:
—¡Respira! ¡Recuerda quién eres! ¡No es sangre lo que necesitas ahora!
El resplandor dorado de los ojos de Pablo comenzó a disminuir lentamente. Su mordida se aflojó y finalmente, después de varios segundos de tensión extrema, Martín logró hacer que Pablo soltara su brazo.
Ambos cayeron al suelo, jadeando. Martín se limpió un poco de sangre de la mordida, mientras Pablo permanecía encorvado, con la cabeza baja.
Blanca se acercó rápidamente y tomó la mano de Pablo.
—¡Estás bien! —dijo, intentando tranquilizarlo.
Pablo levantó la mirada y sus ojos ya no brillaban tanto. Una sombra de vergüenza y alivio cruzó su rostro.
—Lo siento… —susurró—. Perdí el control.
Martín asintió, aún sujetándolo ligeramente.
—Lo sé… pero esto demuestra algo, Pablo. —Miró a Blanca—. Necesitamos entrenarte para controlar tu sed antes de que algo peor ocurra.
Blanca tragó saliva y miró a ambos chicos, dándose cuenta de algo: el mundo que la rodeaba no era seguro, ni siquiera para quienes intentaban protegerla.
—Si Pablo se descontrola otra vez… —susurró—, ¿qué pasará?
Martín le sostuvo la mirada.
—Entonces estaremos allí para detenerlo. —Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro—. Pero ahora, solo tenemos que aprender a controlar lo que somos.
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Editado: 09.06.2026