Sangre y luna, parte 1, libro 2.

Capítulo 27: El límite.

La noche era fría.

Blanca estaba retenida en una vieja casa abandonada en medio del bosque. Las ventanas rotas dejaban pasar la luz de la luna, creando sombras inquietantes en las paredes.

Darío caminaba lentamente a su alrededor.

—Al final… todo encaja —dijo con calma.

Blanca, atada, lo miraba con rabia.

—Déjame ir.

Darío sonrió ligeramente.

—No puedo.

Se detuvo frente a ella.

—Eres demasiado importante.

Blanca apretó los dientes.

—No soy ninguna “elegida”.

Darío inclinó la cabeza.

—Eso lo veremos.

Y sin previo aviso…

se abalanzó sobre ella y la mordió.

Blanca gritó.

Un dolor intenso le recorrió el cuerpo, como si algo ardiera por dentro.

No era solo físico… era como si su propia energía estuviera cambiando.

—¡AAAAH!

Sus manos temblaban, su respiración se volvió irregular.

El dolor no paraba.

Darío se apartó, observando.

—Interesante…

Blanca cayó de rodillas, incapaz de sostenerse.

—Para… por favor…

Pero el dolor seguía.

Más fuerte.

Más profundo.

Como si algo dentro de ella estuviera despertando.

En el bosque

A toda velocidad, Martín y Pablo corrían entre los árboles.

—Está cerca —dijo Martín, con la mirada fija.

Pablo asintió.

—Lo siento también.

De repente…

el grito de Blanca rompió el silencio.

Martín se detuvo en seco.

—¡BLANCA!

Y en un instante…

desapareció entre los árboles.

El rescate

La puerta de la casa se abrió de golpe.

Martín entró primero.

Sus ojos brillaban con intensidad.

—¡SUÉLTALA!

Darío se giró, tranquilo.

—Llegas justo a tiempo.

Pablo entró detrás.

Blanca estaba en el suelo, temblando.

—Martín… —susurró débilmente.

Martín sintió un golpe en el pecho al verla así.

—¿Qué le has hecho?

Darío respondió con calma:

—Solo adelanté el proceso.

Martín no esperó más.

Se lanzó contra él.

La pelea fue rápida y violenta.

Pero esta vez, Martín no dudaba.

En pocos segundos, Darío fue derribado y obligado a retirarse.

—Esto no ha terminado —dijo antes de desaparecer en la oscuridad.

Después

El silencio volvió.

Martín corrió hacia Blanca.

—Blanca… mírame.

Ella temblaba, con la respiración irregular.

—Duele…

Pablo se arrodilló junto a ellos.

—Tenemos que parar el efecto.

Martín asintió.

—Ahora.

Pablo explicó rápidamente:

—Si lo hacemos a tiempo… podemos evitar que el cambio avance.

Martín dudó un segundo.

Pero luego acercó su brazo a Blanca.

—Confía en mí.

Blanca, apenas consciente, asintió.

Pablo hizo lo mismo.

Ambos actuaron rápido, tratando de detener lo que Darío había iniciado.

Pasaron unos segundos eternos…

hasta que el temblor de Blanca empezó a disminuir.

Su respiración se estabilizó poco a poco.

El dolor se redujo.

Finalmente…

se quedó en silencio.

Martín la sostuvo.

—Ya está… ya pasó.

Blanca abrió los ojos lentamente.

—¿Estoy…?

Pablo negó.

—No.

—Estás bien.

Martín sonrió, aliviado.

—Llegamos a tiempo.

Blanca lo miró, aún débil.

—Pensé que…

Martín negó suavemente.

—No voy a dejar que te pase nada.

Pablo se levantó, serio.

—Pero ahora está claro.

Ambos lo miraron.

—Darío no va a parar.

El viento sopló entre los árboles.

Blanca se incorporó lentamente.

Y aunque estaba a salvo…

sabía que algo había cambiado.

Porque durante ese dolor…

había sentido algo.

Algo dentro de ella…

despertando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.