Santa Claus Sí Existe

Capítulo 3

Juan estaba sentado sobre una roca, cerca del arroyo. Cada que tenía un tiempo libre iba a ese bosquecillo a meditar.

Unos pasos entre la maleza interrumpieron sus pensamientos, giró a ver y, para su sorpresa, era Lupita la que se acercaba.

— ¿Qué haces aquí? — Le preguntó a la joven con el ceño fruncido.

— Te seguí. — Lupita se encogió de hombros y siguió avanzando. — Tenía curiosidad de ver qué hay en este lugar, siempre vienes aquí y te quedas mucho rato.

Juan se volvió a girar la vista hacia el arroyo y soltó un suspiro.

— Aquí nos encontró mi papá Juan. — Dijo en voz baja.

Lupita no respondió nada, sorprendida, recorrió con la mirada el lugar.

— Ahí, junto a ese árbol, mi mamá había armado una tienda con ramas y una colcha. — Señaló Juan. — Por allá había una planta silvestre de hierbabuena. Mamá sacaba agua del arroyo en una lata y la ponía a hervir sobre unas brazas que encendía, con esa nos hacía un té para tener con qué calentarnos, porque no teníamos ni para café ni para azúcar. Si él no nos encuentra y nos lleva al rancho, quizá con el tiempo sólo hubieran hallado nuestros huesos, si es que los animales los hubieran dejado.

Lupita no podía responder siquiera, sentía cómo un enorme nudo le cerraba la garganta y, en silencio, las lágrimas empezaron a recorrer su rostro.

— Vengo aquí para recordarme a mí mismo de dónde vengo. — Continuó hablando el joven. — Para que no se me olvide lo que soy… Para mantener los pies en la tierra y no atreverme a ir a donde no me corresponde.

Se puso de pie y se giró lentamente hacia la joven, que lo miraba con los ojos llenos de tristeza.

— Y para que no se me olvide… Que la miel no se hizo para el hocico del burro. — Remató Juan mirándola con intensidad.

Lupita bajó la cara sin saber qué responder, los sollozos la ahogaban. Se dio la vuelta y se retiró del lugar dejando a Juan sintiendo cómo el corazón se le rompía en mil pedazos.

Bajó la cara y soltó un suspiro. — Lo hecho, hecho está… — Pensó con tristeza.

Un ruido lo hizo levantar la vista de golpe y al girarse, encontró a David recargado en un árbol mirándolo con seriedad.

— No estábamos haciendo nada malo. — Dijo Juan.

— Lo sé. — El hombre empezó a acercarse. — Escuché todo.

Juan bajó la cabeza avergonzado.

— No se preocupe por su hija. — Dijo en voz baja. — Jamás me atrevería a faltarle al respeto.

— Eso también lo sé. — Asintió David llegando junto a él.

— Creo que será mejor que me vaya del rancho. — Musitó Juan. — Así todos estaríamos más tranquilos.

— ¿Te vas a alejar de tus papás y de tu hermana sólo por esto? — Preguntó David sorprendido.

Juan soltó una risa amarga.

— No me voy tan lejos. — Dijo encogiéndose de hombros. —Pienso poner un consultorio en el pueblo. Así podrán irme a ver cuando quieran.

— ¿Sabías que mi cuñada Martina es hija de unos recolectores y que antes de casarse con Diego era sirvienta en el rancho?

— Sí señor, algo me han contado. — Asintió Juan.

— ¿Y que la mamá de mi cuñada Julia era una prostituta drogadicta y alcohólica? ¿Y sabías que a mi Aída su papá se la vendió al mío?

— No es lo mismo, señor. — Dijo Juan en voz baja.

— ¿Qué no es lo mismo? — Preguntó David con el ceño fruncido.

— Que ustedes se hayan casado con mujeres pobres no importa, es el hombre quien debe mantener a la mujer… No al revés. Y menos cuando ella está acostumbrada a lujos y comodidades y nunca le ha faltado nada ni ha pasado hambres y frío… Y él no tiene ni en qué caerse muerto.

Luego de un momento de silencio, David habló.

— Hace muchos años, cuando mi Lupita era una niña, estaba llorando inconsolablemente porque su hermano le había dicho que Santa Claus no existía. — Dijo mirando hacia el arroyo. — Cuando me acercaba a consolarla, me detuve porque escuché cómo un niño la convenció de lo contrario y le platicó cómo ese viejo gordo le había cumplido sus más anhelados sueños.

Juan no respondió nada, mantenía la vista baja.

— Qué lástima que ese niño creció y dejó de creer en Santa Claus… Y en sí mismo. — Dijo David encogiéndose de hombros y empezando a alejarse del bosquecillo.




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