Santa Claus Sí Existe

Epílogo

Juan estaba en la casa del Doctor Mario Aranjuez y su esposa Diana celebrando la cena de navidad, como cada año. Ellos eran los padrinos de su hermana Laura, además que tenían muy buena amistad con sus papás.

— ¡Hey primo! Supe que te está yendo bastante bien en el pueblo. — Se acercó a él Felipe, el hijo mayor de los Aranjuez. — Me da mucho gusto por ti.

— No me quejo. — Sonrió Juan. — La mayoría de los ranchos de la zona me están buscando para que les implante un programa de inseminación a sus vacas. Al paso que voy, creo que necesitaré contratar ayudantes.

— Me imagino que es una buena friega. — Dijo Julio, el hermano menor de Felipe acercándose a ellos. — Eso de que pongas a todas las vacas a parir al mismo tiempo ha de ser bien cansado.

— Pero es muchísimo mejor para los ganaderos. — Juan se encogió de hombros. — Incluso para mí, así los programo en una agenda bien estricta y me paso una semana en cada rancho vigilando los partos por si hay alguna complicación, y no tienen ellos que correr a buscar al veterinario a cada rato. Sobre todo, cuando los ranchos están lejos y algo aislados.

— En eso te doy la razón. — Dijo el doctor Mario acercándose a ellos. — Eso de correr a deshoras a atender un parto es medio complicado, sobre todo cuando los caminos no están bien. Aunque honestamente no me quejo, porque justo así es como conocí a mi princesita chula y acabé trabajando en este lugar.

Remató con una sonrisa traviesa haciendo reír a los jóvenes.

— A mí se me sigue haciendo increíble que se pueda programar a las vacas para que todas tengan sus crías al mismo tiempo. — Dijo Juan, el papá del joven, acercándose al grupo. — Cuando mi hijo me lo platicó, simplemente no lo podía creer.

Justo en ese momento, las mujeres salieron de la cocina riendo y conversando entre ellas. Venían de lavar los platos sucios y todas traían tazas de ponche de frutas en la mano, mismas que repartieron entre los varones, quienes agradecieron el gesto.

Una llamada a la puerta los interrumpió y Juanillo corrió a abrir.

— ¡Hola mi Lupita! — Dijo tomando de la mano a la joven y haciéndola pasar. — ¿Cómo estuvo la cena con tu familia?

— ¡Todo genial! ¡Buenas noches a todos! — Dijo saludando a los demás. — Los dejé cantando, ya sabes, el tío Darío sacó su guitarra y empezaron la tertulia.

— La bestia toca muy bonito. — Dijo Diana acercándose a saludar a la joven. — ¿Quieres un poco de ponche?

— Sí, por favor, se siente mucho frío afuera. — Asintió Lupita mientras se acercaba a saludar a la mamá de Diana. — ¿Cómo está señora Eleonora?

— ¡Hola Lupita! — La besó la mujer en la mejilla. — Aquí peleando con mi hija. Está de necia en que me venga a vivir con ellos y cierre mi pastelería.

— ¡Es que no me gusta que esté sola! — Gritó Diana desde la cocina. — Desde que murió mi papá, me quedo con mucho pendiente que a mi mamá le pase algo y no haya quien la vea.

— Pues perdónenme lo metiche. — Dijo Lupita. — Pero yo a la señora Eleonora todavía la veo bastante fuerte y activa como para venirse a encerrar al rancho. ¿Cuánto hace que se nos fue don Ubaldo? ¿Dos años?

— Si, dos años tiene que murió mi viejito. — Dijo Eleonora con un suspiro de tristeza.

— Y si en estos 2 años la señora ha estado bien, y el negocio la ayuda a estar activa y a no deprimirse… ¿Para qué se lo quieren quitar?

— Princesita chula, no te enojes conmigo. — Dijo Mario. — Pero Lupita tiene razón.

— Además, Juan y yo nos casamos en 2 meses y me voy a ir al pueblo. — Asintió Lupita. — Así que quédate tranquila, Diana, que te prometo que le voy a estar dando sus vueltas a diario.

— Así se hacen compañía las dos. — Dijo Elisa acercándose a saludar a la joven. — ¿Verdad hija?

— Pues sí suegra. — Lupita le devolvió el abrazo. — Con eso que su hijo está casi todo el tiempo recorriendo ranchos, pues así nos acompañamos la señora Eleonora y yo. Al cabo que su casa y la de Juan están en la misma calle.

— ¡Está bien! ¡Ya no digo nada! — Exclamó Diana saliendo de la cocina con la taza de ponche. — Pero te la encargo mucho Lupita, por favor. Ya sabiendo que tú vas a estar vigilándola me quedo más tranquila.

— ¡Aleluya! — Exclamó María, la única hija de Diana.

— Cállate que mi madrina te va a regañar. — Le susurró su prima Laura, la hija de Juan y Elisa.

Todos se rieron.

Un rato después, Juan y Lupita estaban sentados abrazados en el sofá, un poco retirados de los demás.

— No puedo creer que en un par de meses por fin vayas a ser mi esposa. — Dijo Juan mirándola con adoración.

— Es que Santa Claus sí existe. — Dijo Lupita mirando el árbol de navidad con ojos soñadores.

— ¿Por qué lo dices? — Preguntó Juan con curiosidad.

— Porque yo le pedí que me amaras tanto como yo te amo a ti, y me lo concedió. — Respondió la joven sonrojándose un poco.

— Qué curioso… — Dijo Juan justo antes de besarla. — Yo le pedí lo mismo.




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