Santa Elena: el legado de la verdad

Capítulo 1: El eco de Escocia

La fortuna de los Fitzgerald cruzó el Atlántico con el olor a turba y salitre de las costas de Escocia. Cuando los abuelos pisaron suelo argentino, traían consigo la ambición ciega de los que fundan imperios sobre la tierra ajena. Con los años, esa inmensa herencia de campos, acciones y la imponente mansión Èire recayó legítimamente sobre el primogénito, Alistair. Un hombre refinado, pacífico y de ley. Su hermano menor, Lisandro, no recibió más que una dote importante y el desprecio familiar debido a su adicción incorregible al juego y a las apuestas clandestinas donde perdió lo que poseía.

Lisandro Fitzgerald arrastró ese resentimiento mientras escalaba con crueldad en los rangos del ejército, pero el verdadero veneno que le corrompió el alma no fue la poca herencia . Fue ella. Máxima.

Máxima era una mujer deslumbrante, de una elegancia magnética que cortaba el aire al pasar. Lisandro se había obsesionado con ella desde el primer día, amándola en un silencio oscuro y posesivo. Pero Máxima nunca tuvo ojos para el cadete violento y timbero , rechazandolo cuántas veces pudo ; por qué su corazón ya tenía dueño .

Ella se enamoró de la luz de Alistair quien era todo lo contrario, también militar pero con una reputación intachable.

Cuando se casaron, Lisandro sintió que su hermano le arrebataba la vida entera: se quedaba con el imperio de los abuelos y con la única mujer que él había adorado con locura.

El odio se cocinó a fuego lento durante años en los pasillos de los cuarteles, hasta que la llegada de la dictadura militar en los años 70 le entregó a Lisandro el escenario perfecto para su venganza.

Con el rango de oficial en el destacamento y el poder absoluto que daban las sombras del terrorismo de Estado, Lisandro tramó la ruina definitiva de su propia sangre. Armó un operativo clandestino, amparado en la impunidad de los secuestros de la época, para hacer desaparecer a Alistair, a sus pequeños hijos, y borrar del mapa cualquier rastro de la familia.

La noche del asalto a la casa, Lisandro disfrutó el quiebre de su hermano, pero el quiebre de sí mismo ocurrió al tener a Máxima de rodillas. En un arrebato de locura, le ofreció perdonarle la vida si se quedaba con él, si aceptaba ser suya, pero Máxima lo escupió en la cara, prefiriendo la muerte antes que tocar las manos del monstruo que acababa de fusilar a su esposo y a su hijo Ian. Cegado por el rechazo y el orgullo militar herido, Lisandro gatilló.

El Padre Anselmo, que en esos años oscuros oficiaba como sacerdote del mismísimo destacamento militar, conocía de cerca a ambos hermanos. Sabía de la envidia de Lisandro y, por la gracia del secreto de confesión, conocía los detalles más escabrosos de sus crímenes. Atado de manos por sus votos sagrados ante Dios, el cura tuvo que callar el horror, llevando el tormento en el alma mientras veía a la milicia actuar.

Pero el destino tiene caminos angostos.

Al escuchar el estallido de los disturbios, los gritos y los disparos que venían desde la planta baja de la mansión, Maria la criada que estaba al cuidado de la bebé Anne reaccionó con el puro instinto como si fuera la madre. Desesperada, corrió hacia la cuna, tomó a la bebé en brazos y cruzó las puertas traseras intentando escapar hacia la oscuridad del jardín. Pero uno de los secuaces más despiadados de Lisandro la vio recostarse contra las sombras.

La interceptó en mitad del parque, bajo la lluvia. A pesar de los llantos desgarradores de la muchacha, de sus súplicas de rodillas y rogando por la vida de ambas, el hombre no tuvo piedad. Con una frialdad inhumana, la sometió a sus más bajos instintos antes de arrebatarle la vida a sangre fría en el suelo húmedo.

Sola en el pasto y mojada por la torrencial tormenta , la bebé empezó a llorar. El secuaz, siguiendo las órdenes de no dejar cabos sueltos, la miró y levantó su arma. Apuntó directamente a la cabeza de la criatura y gatilló, pero el arma falló con un seco chasquido metálico. El hombre maldijo entre dientes, limpió el cañón de la pistola, volvió a apuntar con firmeza por segunda vez y volvió a gatillar; el mecanismo volvió a trabarse en el último milisegundo. Aturdido por la situación y tomado por un miedo supersticioso ante lo que parecía un milagro o una maldición, el soldado no se atrevió a intentarlo de nuevo.

Metió a la bebé en una caja de madera junto a los papeles confidenciales que había robado del escritorio de Alistair y la cargó hasta el cuartel donde Lisandro comandaba el operativo. Pero el destino ya había movido sus piezas. Al llegar al destacamento militar en medio de la tormenta, el primer hombre con el que se topó cara a cara en los pasillos fue al Padre Anselmo.

El cura, que venía sufriendo el tormento de saber los oscuros pasos de Lisandro, vio la caja y escuchó el llanto ahogado. Con una mezcla de autoridad espiritual y desesperación, Anselmo le arrebató la caja al soldado antes de que Lisandro pudiera verla. Sabiendo que esa criatura era la última herencia viva de Alistair y Máxima

—¡¡Dame eso queres !!

—¡¡padre debo entregarlo al capitán!!—soldado fiel devoto no sabían Cómo negarse al cura

—¿sabe lo que le llevas ?

— No Pero…

—me lo llevo todo yo y de esto ninguna palabra a nadie por qué el castigo de Dios

Tiene maneras insospechables y creería que no te gustaría que te canse la justicia divina

—¡Pero padre ! ¡Déjeme la caja con papeles al menos!

—¿para qué la querés?

—ganarme unos puntitos con el capitán padre

—Mejor ganar puntos con el de arriba !!.no te olvides ni una palabra a nadie

el sacerdote ocultó la caja bajo su sotana, abandonando el cuartel de inmediato bajo la noche cerrada y se dirigió directo al convento de Santa Elena para salvarle la vida y esconder su identidad para siempre llevándose también el cofre que contenía las pruebas de la verdadera identidad de la heredera y la ruina del General Fitzgerald.




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