Santa Elena: el legado de la verdad

Capítulo 2 -Secretos de sangre

El sótano del convento de Santa Elena ya no olía a humedad ni a sábanas viejas guardadas; apestaba a tierra removida, a encierro y al miedo más puro que una persona pueda experimentar.

Bajo la luz parpadeante y amarillenta de un viejo farol de kerosén que colgaba de una viga, el General Lisandro Fitzgerald dio un paso al frente. Sus botas militares, lustradas con una rigurosidad que desafiaba la mugre del suelo, crujieron con un eco seco contra el suelo de tierra apisonada. Su figura alta e imponente asemejaba a una sombra monstruosa contra la pared descascarada.

Anne seguía en el rincón más oscuro, temblando sobre el frío piso. El cuerpo aún reaccionaba con espasmos al ataque de llanto luego de la muerte de la hermana ,sus dedos se enterraban con desesperación en sus prendas como intento de no perder la cordura

El General clavó su mirada gélida y desprovista de cualquier rastro de humanidad, directamente en la chica pelirroja. Anne intentaba por todos los medios encogerse , queriendo volverse invisible.

—Mírame, Anne —ordenó el General. Su voz no era un grito, sino un susurro grueso, militar, acostumbrado a mandar en los calabozos de los años oscuros—. Mírame de una vez, señorita.

Anne no se movió. Mantuvo la vista rígidamente clavada en sus propios zapatos gastados, conteniendo la respiración. Sabía perfectamente lo que pasaba cada vez que levantaba la cabeza frente a ese hombre. Recordaba con una claridad espantosa el día exacto, casi diez años atrás, cuando era apenas una nena y se había cruzado con ese imponente uniforme en el patio del convento. En esa ocasión, siendo una criatura curiosa, lo había mirado de frente. Había visto en vivo y en directo cómo las pupilas del militar se dilataban por el espanto y la confusión, cómo se le desencajaba la mandíbula y cómo un sudor frío le perlaba la frente antes de darse la vuelta bruscamente y alejarse a paso rápido.

Genéticamente, Anne arrastraba una marca de nacimiento imposible de camuflar, una anomalía bellísima y maldita en el iris de sus ojos: una heterocromía central perfecta, tres anillos de colores —azul, verde y un destello dorado alrededor de la pupila— bien marcados. Una rareza tricolor que solo la familia Fitzgerald tenía .

Lisandro la había descubierto en ese mismo milisegundo en el patio del convento. Había comprendido que la sangre de su hermano y el recuerdo de la mujer que había obsesionado sus noches seguían vivos en esa huérfana de mirada inquieta. Desde ese día, la mirada de Anne se había convertido en el secreto más peligroso de los pasadizos. No la había matado entonces porque la necesitaba por alguna razón enferma .

Máxima estaba viva en esa criatura y quizás ... .no!! , era su sobrina !!no quería ,no podía ir para esos lados , Pero la tentación era tal que no había podido pensar en desaparecerla

Si solo la bendita caja fuerte apareciera.

…..la quería encerrada, vigilada, como un peón en su maldito tablero de ajedrez.

—¡Te dije que me mires !!—repitió gritándole el General, impaciente.

Con un movimiento rápido, estiró su mano enguantada de cuero negro, tomó a Anne fuertemente de la barbilla y le obligó a levantar la cara. La luz del farol dio de lleno en sus ojos tricolores. Las mandíbulas de Lisandro se apretaron tanto que se escuchó el rechinar de sus dientes. El parecido con Máxima a esa edad era un golpe directo en el estómago de su ego.

—Sos igual a ella... —murmuró el General, casi para sí mismo, con un tono que mezclaba el desprecio visceral y una enfermiza nostalgia—. Pero no sos ella —se recordó —. Ella prefirió una fosa antes que doblegarse. Vamos a ver cuánto aguantás vos acá abajo.

Salió a pasos fuertes, enojado y turbado. La presencia de su sobrina despertaba en él un hambre oscura y contradictoria. Quería ponerla de rodillas como castigo, pero también poseerla para saciar un deseo sexual insatisfecho, un apetito enfermo atrapado en el pasado que la madre de la niña se había llevado a la tumba.

Luchaba contra ese límite moral y biológico desde el día que descubrió que ella estaba en el convento, atrapado entre las ganas de destruirla y la necesidad física de tocarla.

Nunca supo cómo llegó la niña hasta ahí, pero su hermano Alistair parecía seguir gobernando su vida desde el más allá. Años atrás, un teniente compinche de Aliester se había quebrado bajo la tortura de un superior, revelando que su hermano, antes de ser ejecutado, le había entregado al padre Anselmo una bitácora letal con los registros de los desaparecidos y los niños expropiados.El General había ido personalmente por el cura. Lo interrogó a golpes, pero el viejo Anselmo no soltó una palabra, obligándolo a inventar un accidente para hacer desaparecer al sacerdote y a la antigua directora, la monja que era su confidente. Saber que la bitácora seguía escondida en ese convento lo obsesionaba, pero ahora, tener a la hija de Alistair bajo su control transformaba su búsqueda militar en un juego de sumisión puramente carnal.




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