El agarre en su brazo era firme, pero no la lastimaba, y eso a Alma le daba aún más asco. En la penumbra del pasillo que subía del sótano, arrastró los pies, clavó los talones en la tierra y, con las pocas fuerzas que le devolvió la adrenalina, se soltó de un tirón.
—¡Soltame! ¡No me toques, basura, asesinos! —le gritó en un susurro furioso, tirándole un manotazo ciego que impactó contra el pecho del encapuchado.
Le pegó con los puños cerrados, lo insultó con la voz rota por las lágrimas, descargando toda la impotencia de haber dejado a Anne atrás. El tolero los golpes. Solo levantó las manos para cubrirse, acorralandola contra la pared de piedra para que sus gritos no rebotaran hacia el sótano.
—¡Cálmate, Alma! ¡Tranquila, por favor! —le suplicó él.
La voz le salió distorsionada, forzada en un tono grueso a través de la tela de la máscara, pero la urgencia que arrastraba era desesperada.
—¡Escúchame! Yo fui el que dio la idea de que una de ustedes subiera —le dijo, reteniendo sus muñecas con suavidad pero con fuerza—. Lo hice para que no estuvieran las dos ahí abajo, en ese peligro. Tenés que volver al comedor ya mismo.
—¡No me importa tu peligro, maldito enfermo! —le escupió Alma en la cara, zafando una mano para volver a empujarlo—. ¡Dejaron a Anne en ese agujero! ¡La van a matar como a Sor Ángeles! ¿Qué clase de monstruos son? ¡Déjenme volver con ella!
Alma intentó esquivarlo para tirarse escaleras abajo, dispuesta a regresar al sótano, pero Mauro se le plantó enfrente, bloqueándole el paso con el cuerpo. Por dentro, el muchacho se estaba desangrando. Dejar al amor de su vida, a la chica que le robaba los sueños, en manos de la crueldad del General había sido el acto más doloroso de su existencia. Pero si Alma bajaba, el General las mataría a las dos en ese mismo instante.
—¡No podés volver! Si bajás, se termina todo ahora mismo —le soltó el encapuchado, ahogando la voz para no quebrarse por el dolor—. Tenés que ser inteligente, Alma. Arriba estás a salvo. Tenés que armar la coartada que te ordenaron. ¡Necesito que me des tiempo!
—¿Tiempo para qué? ¿Para que la entierren viva? ¡Sos un cobarde! —le gritó ella, con los ojos inyectados en llanto y odio—. ¿Por qué me salvaste a mí? ¡Hubiera preferido mil veces que subiera ella! ¡Tendría que estar Anne acá!..... confiábamos en vos !!! —lloro Alma no podía creer todo aquello— sobre todo ella
A Mauro ese reproche le dolió en lo más profundo, porque él deseaba exactamente lo mismo. Hubiera dado su propia vida por ver a Anne a salvo en la superficie en ese segundo. Pero la tomó de los hombros con una firmeza desesperada, obligándola a escuchar el peso de sus palabras.
—Escúchame bien lo que te voy a decir —le juró, con una intensidad que hizo que Alma se congelara—. Te juro por mi vida que la voy a ayudar. No voy a dejar que ese viejo le ponga un dedo encima. La voy a cuidar ahí abajo, pero necesito que subas, juegues tu parte y me des tiempo para sacarla. Si hacés una estupidez arriba, nos matan a todos y ahí sí que no voy a poder salvarla. Confía en mí, por favor... Dame tiempo.
—no sé Anne lo tenga —susurro
Alma lo miró con una mezcla de asco y confusión. Sus palabras cargadas de una desesperación parecía real. el pedido de tiempo quedó flotando en el aire frío del pasillo.
—Si le pasa algo... te juro que te voy a buscar y te voy a matar yo misma —le amenazó Alma con un hilo de voz, temblando de rabia.
—Subí. Ahora —respondió él, dándole un suave empujón hacia la puerta que conectaba con los pasillos superiores.
Alma cruzó el patio interno temblando como una hoja. La noche de invierno era helada, pero ella sentía los poros prendidos fuego. Entró al comedor-dormitorio arrastrando los pies y se metió en su cama. No se sacó la ropa. Se tapó hasta la nariz, clavando los ojos en el techo a oscuras. No pegó un ojo en toda la madrugada; cada crujido de las maderas del convento le parecía el aviso de que venían por ella.
Apenas las primeras luces grises del amanecer filtraron por los ventanales, Alma saltó de la cama. Sus pasos la llevaron directo a la oficina de la Madre Superiora. Tenía el corazón en la boca.
Cuando la Directora abrió la puerta, con su hábito impecable y su taza de café en la mano, Alma carraspeó, intentando endurecer la voz para que no se notara el pánico.
—Madre... Tengo que avisarle algo —soltó, apretando las manos detrás de la espalda—. Sor Ángeles se tuvo que ir de urgencia anoche. Muy tarde. Le avisaron que un familiar en la provincia está grave, agonizando. Como no podía viajar sola a esa hora, se llevó a Anne para que la acompañe. Me pidió que le avisara a primera hora.
La Madre Superiora se quedó quieta, sosteniendo la taza en el aire. Entornó los ojos, clavándole a Alma una mirada analítica que le erizó la piel. Su rostro se transformó en una mueca de fastidio absoluto.
—¿Cómo que se fue? —rezongó la monja, dejando la taza sobre el escritorio con un golpe seco—. Sor Ángeles sabe perfectamente que hoy entran los obreros a demoler el ala vieja. Ella es mi segunda en el convento, no puede armar un bolso y desaparecer así por una urgencia sin mi autorización. ¿Y por qué llevarse a Anne? Es una locura.
—Fue... fue de último momento, Madre. Estaba muy nerviosa —insistió Alma, manteniendo la mirada fija en un punto de la pared para no quebrarse. Sintiéndose una traidora, recordó la amenaza del General: Si decís una palabra diferente, tu amiga comparte el mismo pozo.
La Superiora caminó hacia la ventana, mirando el patio donde los camiones de los obreros ya empezaban a estacionar. Había algo en la actitud de Alma, en sus ojeras profundas y en el temblor casi imperceptible de sus manos, que no le cerraba. Desconfiaba de cada palabra, pero en la lógica del convento, que una huérfana rebelde inventara una mentira sobre Sor Ángeles no tenía sentido.
—Está bien, Alma. Volvé a tus tareas —dijo finalmente la monja, sin darse la vuelta—. Pero esto no se va a quedar así. Apenas Sor Ángeles llame desde la provincia, va a tener que darme muchas explicaciones.