Santa Elena: el legado de la verdad

Capítulo 4 -legado de sangre

La oscuridad en el ala sur del subsuelo era un animal vivo que parecía alimentarse del aire de la celda. Anne no podía ver sus propias manos, pero sentía la humedad de las paredes de piedra filtrándosele en los huesos, recoardándole que estaba sepultada viva. Arriba, el eco de los obreros picando la estructura del convento llegaba distorsionado, como el latido moribundo de un lugar que ya la había olvidado. Nadie iba a tirar abajo la pared correcta. Nadie la iba a encontrar.

Para no volverse loca en esa negrura absoluta, Anne cerraba los ojos con fuerza y se obligaba a arañar el fondo de su memoria, buscando los únicos momentos donde se había sentido a salvo. El recuerdo de Sor Ángeles se le presentaba entonces como un escudo contra el espanto. Ella había sido su mamá sustituta, la única que había estado ahí para tapar los baches de un pasado vacío.

Anne se abrazó las rodillas en la tierra húmeda y, por unos segundos, casi pudo sentir el calor de las noches de invierno en el dormitorio. Recordó a Sor Ángeles sentada al borde de su cama, mimándola, pasándole la mano suave por el pelo pelirrojo para calmarle las pesadillas. Se acordó de aquellas noches de tormenta en las que el miedo amagaba con despertar a todas las chicas; la hermana sacaba una vieja linterna de entre sus hábitos, la encendía apuntando al techo y les contaba cuentos con una voz tan dulce que lograba transformar los truenos en música. Esa linterna era un faro. Sor Ángeles era su faro. Pero ahora la hermana estaba muerta, tirada en algún pozo de ese mismo subsuelo, y la linterna se había apagado para siempre.

El dolor del recuerdo se mezcló con el trauma más reciente, devolviéndola a una lucidez fría y aterradora. Recordó la mano del General Fitzgerald cerrándose en su mandíbula justo antes de que la encerraran. La luz de ese faro de kerosén hiriéndole las pupilas y el impacto de descubrir la verdad.

Los ojos del General no eran negros!!! . Detrás de sus párpados pesados, el militar escondía la misma anomalía genética que ella: una heterocromía central perfecta. Tres anillos de colores —azul, verde y un destello dorado— que quisas la unían a ese monstruo por una línea de sangre directa e innegable. El Padre Anselmo le había dicho una vez que era algo genético que sus ojos sean asi ; y que quizás ella no era una huérfana común. Podría ser una Fitzgerald?, y el hombre que la tenía cautiva sea de su propia sangre? Le daba náuseas comprender que el asesino de su mamá sustituta llevaba su misma marca en la mirada. Pero el eco de las palabras del general comenzó a sonar una y otra vez .

«Sos igual a ella... Pero no tenés su orgullo. Ella prefirió una fosa antes que doblegarse», le había dicho. ¿Quién era esa mujer? ¿Su verdadera madre? La certeza de que alguien con sus mismos rasgos había muerto con dignidad frente a ese hombre la hacía sentir que debía seguir un legado y pelear si era necesario .

El crujido estridente de los cerrojos oxidados rompió el silencio. Anne se pegó contra el rincón más alejado, encogiéndose sobre la tierra robándole el espacio al roedor que ahí estaba

La puerta se abrió y la silueta del encapuchado recortó la penumbra. No traía luz. El hombre entró con pasos pesados, arrastrando una presencia que desbordaba tensión, y se agachó frente a ella. Al hablar, forzó la garganta al extremo, soltando un susurro rasposo, deformado y artificialmente grave para que la acústica del túnel no lo delatara.

—Tomá. Comé todo —ordenó secamente, dejando un jarro de metal y un pedazo de pan blando.

Anne se quedó inmóvil, paralizada por el pánico, negándose a estirar el brazo. Al ver que no reaccionaba, el encapuchado se adelantó y le puso el jarro a la fuerza en la mano. Sus dedos rozaron la piel congelada de Anne.

Fue en ese milisegundo de contacto físico donde el terror cambió de forma. El agarre del secuestrador no fue el de un verdugo. Su mano ardía de nervios, temblando con un pulso frenético que delataba un pánico igual o mayor al de ella. No había malicia en ese tacto; había una urgencia protectora, una desesperación contenida que no encajaba con el perfil de los asesinos del General. Además, el agua estaba limpia y el pan era comida fresca, un privilegio imposible en ese calabozo.

El hombre le soltó la mano de golpe, como si el contacto lo hubiera quemado por dentro. Se puso de pie con un movimiento rápido, violento, y retrocedió hacia la salida sin decir una sola palabra más, cerrando la puerta con un cerrojo pesado que la devolvió a la negrura.

Anne se quedó sentada en el suelo, sosteniendo el jarro de metal contra el pecho. La sospecha se le clavó en el corazón: el monstruo que la custodiaba, el que distorsionaba la voz y temblaba al tocarla, la conocía. Pero desechó la idea de inmediato, dejándose caer en el desespero absoluto

En la oficina principal del convento, el aire se podía cortar con un cuchillo. El General Lisandro Fitzgerald caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, con las manos entrelazadas en la espalda baja y las mandíbulas tan apretadas que le dolían los oídos. Frente a él, el arquitecto Sábalo desplegaba los planos del subsuelo sobre el escritorio con dedos temblorosos.

—Le dije que picaran el ala sur, Sábalo. ¡No me importa el ruido! —rugió Lisandro, clavándole una mirada que hizo que el arquitecto diera un paso atrás—. El Teniente General me llamó tres veces esta madrugada desde el Comando en Jefe. La cúpula está nerviosa. Los de más arriba me están respirando en la nuca y no voy a irme al bombo solo, ¿me entiende?

Sábalo tragó saliva, acomodándose los anteojos.

—General, estamos haciendo lo más rápido que podemos con la cuadrilla. Pero si picamos los muros de carga sin apuntalar bien, se nos viene el piso del comedor encima. Necesito tiempo...

—¡No hay tiempo! —interrumpió el General, pegando un puñetazo en la mesa—. Mi hermano Alistair era un idealista de mierda, pero no era ningún estúpido. Antes de que lo bajáramos el infeliz se dedicó a recopilar pruebas de todo lo que hacíamos. Armó una bitácora detallada: actas de los operativos clandestinos, listados de personas, nacimientos ilegales, destinos de los hijos... ¡Quería destapar la olla y entregarnos a todos! Esos papeles nos mandan directo a una celda común a mí y a media cúpula militar.




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