El comedor del convento se sentía como un escenario de teatro donde el menor error costaba la vida. Alma masticaba la comida sin sentirle el gusto, con la mirada fija en el plato para que la Superiora no notara el temblor de sus manos. Cada golpe seco que venía del subsuelo, cada vibración de las masas de los obreros, le retumbaba en los dientes. Tenía que sostener la mentira frente a las monjas y la Directora; actuar como si Anne simplemente hubiera roto las reglas y estuviera cumpliendo un castigo severo en penitencia, tal como los hombres del General le habían ordenado simular. El tiempo corría en su contra y la culpa asfixiante de haber dejado a su amiga allá abajo la estaba carcomiendo por dentro.
A la tarde, durante las tareas de mantenimiento en el patio trasero, el ambiente no era mejor. El Capitán y dos soldados custodiaban los portones con las manos apoyadas en las cartucheras de sus armas. Alma fingía barrer las hojas secas cerca del invernadero, con los ojos hinchados y el pulso acelerado. Fue en ese momento cuando Mauro pasó por su lado cargando una carretilla con escombros. No la miró a los ojos, pero al pasar, dejó caer un pasador de pelo de Anne al suelo y susurró una sola frase, rápida y cortante: «A la medianoche, en la cocina.».
Alma contuvo la respiración, pisó el pasador para ocultarlo y continuó barriendo como si nada hubiera pasado, sintiendo que el corazón le salía por la boca.
A la madrugada, cuando el convento quedó sumido en un silencio sepulcral interrumpido solo por los ronquidos en el dormitorio común, Alma se escabulló de la cama. Sus pies descalzos no hicieron ruido contra el piso frío. Cruzó los pasillos en penumbra, esquivando las ventanas por donde la guardia del Capitán vigilaba los patios, hasta filtrarse en la cocina principal.
Allí, oculta entre las sombras de las ollas de cobre, la silueta de Mauro la esperaba. Esta vez no llevaba la tela negra en la cara. Al ver sus facciones bajo la luz de la luna, a Alma le subió un violento escalofrío de rabia, pero antes de que pudiera reaccionar, Mauro la tomó del brazo con suavidad y tiró de ella hacia el interior de la gigantesca chimenea de piedra.
Ella empujó el fondo de hierro falso, revelando la entrada al pasadizo intermedio ante los ojos asombrados de Mauro . Entraron y cerró la trampa detrás de ellos, quedando a salvo de las patrullas.
Mauro encendió un cabo de vela gastado, iluminando apenas las paredes de ladrillo.
Al verle la cara de frente, Alma no se aguantó. Le tiró un manotazo con el alma, queriendo romperle la cara al traidor que trabajaba en el jardín, pero él le atajó las muñecas en un susurro desesperado, con los ojos inyectados en sangre.
—¡Cállate, Alma no digas nada, por favor! Si nos escuchan los soldados , estamos muertos —le suplicó Mauro, sosteniéndole los brazos con firmeza pero sin lastimarla—. Yo no quería esto. Tuve que dejar a Anne abajo porque el General la iba a fusilar ahí mismo si yo no intervenía.
—¡Sos un monstruo, un cómplice de mierda! —le escupió ella, intentando zafarse con desprecio—. La tenés encerrada en la tierra. ¡Es tu culpa!
Mauro bajó la cabeza, dejando que la luz de la vela marcara las ojeras de puro cansancio y culpa que arrastraba.
—cuando les conté que mi viejo está preso no era verdad , lo tiene el general secuestrado esa noche entramos sin saber a la casa de fitzgerald —El chico se sentó contra la pared del pasadizo, tapándose la cara con las manos temblorosas—si no hago lo que dice lo mata entendés ,mató a mi tío delante mío se que es capas… . Pero no voy a dejar que le le haga nada a Anne , estoy viendo la manera.
El otro se llama Leo tengo que hacer que me deje reemplazarlo en la guardia y así se van de acá… yo …..me enamore de ella desde aquella vez en el teatro—confesó en un sollozo ahogado que hizo que Alma se congelara por completo—y cuando las ví acá… . Creo que es el amor de mi vida y me destroza por dentro saber que está ahí abajo sola pero aún no puedo hacer nada , si hacemos algo y sale mal , la ejecutan en el acto. Tengo que jugar el juego del general . Es la única forma de mantenerlas vivas.
Alma lo miró desde arriba. La desconfianza seguía grabada en su pecho, pero el dolor genuino y la desesperación en las palabras del chico eran imposibles de fingir. Se agachó, sentándose frente a él a la parca luz de la vela.
—¿Y qué vas a hacer entonces? —preguntó Alma, con la voz quebrada—. El General está loco. Los obreros están demoliendo el ala sur. No van a encontrarla.y no se que quiere con ella
Mauro levantó la mirada, limpiándose la frustración de los ojos, y se acercó más para hablarle al oído. En voz muy baja, empezó a explicarle los detalles de lo que debían hacer. No le reveló el plan completo por seguridad, pero fue lo suficientemente claro para que Alma entendiera su parte.
—Necesito que me des tiempo —le dijo Mauro, apretándole una mano—. Seguí fingiendo arriba. Que la Directora y el Capitán piensen que estás resignada, que no sabés nada de Anne. Si el General cree que todo está bajo control en la superficie, se va a confiar. Yo voy a encontrar el hueco exacto para sacarla por los túneles viejos. Tenés que confiar en mí.
De repente, un ruido metálico proveniente de la cocina cortó la respiración de ambos. Pasos pesados, firmes y militares resonaron sobre las baldosas.
Mauro sopló la vela de un golpe, sumiendo el pasadizo en una oscuridad total. Alma se pegó contra el pecho de Mauro, conteniendo el aire, con el corazón golpeándole las costillas a una velocidad irreal. A través de la finísima rendija del hierro falso de la chimenea, vieron una silueta alta y robusta recortada por la luz de la luna.
Era el General Lisandro Fitzgerald.
Caminaba con la camisa desprendida, arrastrando una furia silenciosa y desvelada. Se acercó a la mesa de la cocina, sirvió agua de una jarra en un vaso de metal y se lo tomó de un solo trago, respirando de manera agitada, como un loco acosado por sus propios demonios. Lisandro se quedó ahí de pie, mirando hacia la chimenea por lo que parecieron horas. Alma cerró los ojos, rezando en silencio como nunca antes lo había hecho, sabiendo que si el General daba dos pasos más y tocaba el fondo de hierro, se terminaba todo.