El día siguiente fue un infierno de ruidos y violencia. Arriba, el arquitecto Sábalo corría de un lado a otro con los planos arrugados bajo el brazo, mientras los obreros picaban las paredes del ala sur con una prisa brutal. El General Lisandro Fitzgerald estaba perdiendo el juicio; el teléfono de la oficina no paraba de sonar. Desde Buenos Aires, la cúpula militar lo estaba apretando al límite: necesitaban la bitácora de Alistair antes de que la justicia civil les cayera encima, y Lisandro sabía perfectamente que si no la encontraba, sus propios jefes lo iban a liquidar.
Abajo, en el calabozo, Anne no había podido pegar un ojo en toda la noche. El miedo la consumía por completo. Tenía el rostro hinchado por el llanto, la nariz paspada por el frío y la angustia. En la negrura de su encierro, los momentos previos a la muerte de Sor Ángeles se repetían en su cabeza una y otra vez, como una película de terror que no podía apagar. Recordaba la desesperación de la hermana, la forma en que trató de protegerlas hasta el último aliento, cómo se interpuso para que no les hicieran daño. La culpa era tal que Anne sentía morir por el dolor; se lamentaba en silencio, abrazada a sus rodillas en el barro, mientras intentaba con las pocas fuerzas que le quedaban no dejarse caer del todo.
La oscuridad era tan densa que no podía ni verse las manos. Lo único que quebraba el silencio del subsuelo era el crujido de los roedores moviéndose entre las piedras y el eco lejano de los trabajadores picando en alguna parte del convento, recordándole que el tiempo se estaba acabando.
Arriba, en la oficina del convento, las horas pasaron con la misma pesadez que el polvo de los escombros flotando en el aire. Lisandro Fitzgerald caminaba de un lado a otro, devorando un cigarrillo tras otro.
—Vamos a esperar a que caiga la noche, Sábalo —le ordenó el General al arquitecto, señalando con el dedo índice una grieta oscura en el plano—. No quiero movimientos raros a la luz del día. Cuando el pueblo se duerma y las monjas estén rezando, metemos a la mocosa en ese hueco del subsuelo. Si el archivo de mi hermano está ahí, ella lo va a encontrar, así sea lo último que haga.
Sábalo asintió con la cabeza, asustado, secándose el sudor de la frente con un pañuelo mugriento.
Pero los planes del General se astillaron antes de tiempo.
Cerca de las seis de la tarde, la puerta de la oficina se abrió de par en par con un golpe seco. La Madre Superiora entró con el rostro rígido, los hábitos tiesos y los puños apretados a los costados del cuerpo.
El respeto o el temor que antes le había tenido a la jerarquía militar de Lisandro se habían evaporado al ver el estado de su convento.
—Hasta aquí llegó, General Fitzgerald —sentenció la monja, plantándose con firmeza frente al escritorio—. Dijeron que venían por refacciones estructurales, pero lo único que hacen sus hombres es romper y destruir sin construir nada. Las internas no pueden estar en ningún lado , las paredes se están agrietando y yo no voy a ser cómplice de lo que sea que esté escondiendo. Exijo que desaloje el edificio inmediatamente o mañana mismo viajo al cuartel a denunciar este atropello
Lisandro se quedó estático. Dejó caer la ceniza del cigarrillo sobre el plano de Sábalo y se dio vuelta despacio, clavándole sus ojos tricolores, fijos y desquiciados. Una sonrisa fría y peligrosa se dibujó en su rostro.
—Usted no va a ir a ninguna parte, hermana —siseó el General.
Sin mediar otra palabra, Lisandro dio dos pasos largos y, con una frialdad animal, levantó la mano y le pegó un revés de puño salvaje en la cara a la Superiora.
El golpe resonó en las paredes de madera. La monja soltó un quejido ahogado y cayó pesadamente al suelo, golpeándose la sien contra la pata de una silla. El labio le empezó a sangrar de inmediato, tiñendo de rojo la blancura de su toca. Sábalo ahogó un grito de terror y se arrinconó contra la ventana.
—¡Capitán !!—vociferó Lisandro hacia el pasillo, acomodándose los puños de la camisa —. ¡Traiga a los soldados adentro! Junten a todas las monjas y a las huérfanas en el comedor principal ahora mismo. Los quiero a todos de rehenes y bajo vigilancia armada. La que grite o intente salir del convento, me la fusilan en el acto. ¡Y llame a toda la cuadrilla de albañiles!
En menos de diez minutos, las alarmas silenciosas del miedo se encendieron. Los obreros inocentes, que no entendían nada de política ni de crímenes, fueron obligados a punta de fusil a dejar las herramientas de lado y a ponerse a buscar una supuesta "caja fuerte" por cada rincón del edificio. El General se había desatado por completo. Ya no le importaba ocultar el operativo ilegal; la locura de verse acorralado por sus jefes de Buenos Aires lo había convertido en un dictador desbocado dentro del orfanato.
Con la planta alta controlada y el comedor transformado en una prisión para las chicas y las monjas, Lisandro manoteó un farol de kerosén y miró al secuestrador encapuchado que esperaba órdenes junto a la puerta.
—Es hora —dijo el General, con la mandíbula apretada—. Vamos al subsuelo. Llegó el momento de meter a la mocosa en esa maldita grieta.