El sonido de unas botas pesadas bajando las escaleras de piedra congeló la respiración de Anne. Los cerrojos oxidados chillaron y la puerta se abrió de golpe, golpeando contra la pared. La luz parpadeante de un farol de kerosene hirió las pupilas de la chica, obligándola a cubrirse la cara con el brazo.
Era el General, escoltado por uno de sus hombres encapuchados y el arquitecto Sábalo. Lisandro llevaba la camisa desprendida, los ojos inyectados en sangre y una vena latiéndole con fuerza en la sien. La presión de arriba lo había convertido en un animal salvaje e irracional.
El General entró hecho un demonio,
—Sácala de acá —ordenó Lisandro, con una voz áspera que delataba su locura—. ¡Que se meta al túnel ya!
Mauro dio un paso al frente, pero sus movimientos eran rígidos, pesados por la culpa. Agarró a Anne del brazo con delicadeza, intentando no lastimarla, pero el General se interpuso, apartándolo de un empujón. Lisandro se agachó y tomó a la chica de la solapa del vestido, levantándola a la fuerza hasta quedar cara a cara. Sus ojos tricolores brillaban con una fijeza psicópata.
—Escúchame una cosa: te metes ahí dentro y me ubicas la caja, ¡o todas se mueren acá! ¡Vos, tu amiga, las monjas y las demás mocosas, ¿escuchaste?!
Al ver que Anne no le respondía, paralizada por el shock, el General la agarró con saña de la nuca y la golpeó con la mano extendida, haciéndole estallar la cabeza.
—¡¿Escuchaste?!
Anne lo miró aterrorizada, con las lágrimas desbordándose por sus mejillas y el labio temblando.
—Sí... sí —alcanzó a balbucear, ahogando un gemido de dolor . Mauro contuvo la ira en silencio apretando los puños hasta quedar blancos , el General se las pagaría , era una promesa !
—Muévanse —rugió el militar, empujándola hacia el pasillo.
El espacio en el que los albañiles de Sábalo habían descubierto una grieta estrecha en la piedra, parecía una boca de lobo que olía a tierra podrida y encierro milenario. El General obligó a Anne a meterse , apuntándole con el cañón de la pistola en la espalda baja hasta que la negrura absoluta la devoró por completo.
El aire dentro del pasadizo estrecho no pertenecía al mundo de los vivos. Era una mezcla pastosa de humedad, hongo y polvo de cal que se pegaba en la garganta con cada bocanada de aire. Las piedras le rozaban los hombros a cada lado, obligándola a avanzar de rodillas, arrastrándose por el barro. Detrás de ella, manteniendo la distancia que el General había ordenado, la seguía el encapuchado.
Ahí dentro, a oscuras, Anne colapsó. La claustrofobia física desató la tormenta psicológica más brutal de su vida. Su mente se quebró. Se le cruzó la imagen de Sor Ángeles muerta en el pozo, la mirada tricolor del General reclamándola como su sangre, y la amenaza implícita sobre Alma y las nenas del comedor.
Le agarró un ataque de pánico ensordecedor. Tenía la cara completamente hinchada de tanto llorar; la piel de las mejillas le ardía por el roce de sus propias lágrimas saladas y tenía la nariz roja, paspada por el frío y la angustia. Empezó a hiperventilar. El aire le entraba en ráfagas cortas, secas, quemándole los pulmones pero sin llenarlos. Sintiéndose morir sepultada en vida, empezó a escarbar la tierra del suelo de manera frenética, arañando el barro con las uñas para intentar aferrarse a algo.
Fue en uno de esos manotazos ciegos donde sus dedos tropezaron con un objeto frío, pesado y oxidado. Sus uñas reconocieron las formas metálicas: una llave antigua . A pesar de tener la cabeza estallada por el miedo, el instinto de supervivencia reaccionó. En absoluto silencio, sacándose los mocos y el llanto con la manga del vestido, se estiró el borde de la media de lana gastada y deslizó la llave ahí adentro, apretándola con fuerza contra la piel congelada de su pantorrilla.
Justo en ese milisegundo, el subsuelo crujió. Un quejido sordo, profundo, como el de un hueso rompiéndose, retumbó en las paredes.
Las vibraciones de las masas que los albañiles usaban arriba terminaron por pasar factura. El techo del túnel cedió. Un estruendo ensordecedor ahogó los gritos de Anne mientras una lluvia violenta de cascotes, escombros pesados y tierra seca le caía directamente sobre la cabeza y la espalda, empujándola contra el suelo.
El impacto le sacó todo el aire. Quedó atrapada, con la mitad del cuerpo sepultada bajo el peso del derrumbe. A su alrededor, el polvo en suspensión la hizo toser, mientras el chillido histérico y agudo de las ratas, asustadas por el colapso, empezaba a multiplicarse en la oscuridad, rozándole la piel con sus patas peludas y húmedas. Anne no podía moverse. Estaba enterrada viva.
En la boca del túnel, al escuchar el estruendo del derrumbe, a Mauro se le congeló la sangre.
—¡Anne! —gritó, y la voz le salió desgarrada, olvidándose de la máscara y del General.
Pensó que estaba muerta. Pensó que la chica que amaba había quedado aplastada por culpa de su cobardía. El miedo se transformó en una furia ciega, una fuerza animal que nunca antes había sentido. Mauro se arrancó la máscara de tela negra de la cara, la tiró al barro y se dio vuelta para mirar al General.
Lisandro Fitzgerald miraba la humareda del túnel con los brazos cruzados, fastidiado porque el camino se había bloqueado, sin un gramo de empatía en el rostro.
—Qué pérdida de tiempo —masculló el militar—. Busquen palas...
No llegó a terminar la frase. Mauro, a pesar de ser un chico de dieciocho años, demacrado por las noches sin dormir y con las ojeras marcadas como golpes, se lanzó encima del General con el alma en un grito. Lo embistió con todo el peso de su cuerpo, haciéndolo retroceder contra la pared de piedra.
La lucha cuerpo a cuerpo fue brutal, sucia, llena de jadeos y odio. Mauro sacó fuerzas de donde no tenía y le asestó un puñetazo salvaje en la mandíbula al General. Lisandro, sorprendido por la traición, escupió sangre y reaccionó con la experiencia de un asesino entrenado. Le encajó las rodillas en el estómago al chico para sacárselo de encima y, con un movimiento rápido, desenfundó su pistola reglamentaria.