Santa Elena: el legado de la verdad

Capítulo 8 El reloj de arena

Los albañiles, más allá de las órdenes del General, trabajaron con ahínco para sacar a la jovencita que estaba atrapada ahí. Hicieron un esfuerzo descomunal hasta que la encontraron y la sacaron despacio para no lastimar más su delgado cuerpo.

Estaba con vida, pero había perdido el conocimiento. En el movimiento para rescatarla, del cuerpo de Anne cayó la llave que había tomado en el pasadizo.

—Señor, no hay nada más que escombros en ese túnel —confirmó uno de los albañiles.El General estaba por empezar a gritar cuando vio la llave caer. La tomó del suelo de inmediato y salió corriendo con dirección al comedor.

Mauro y Alma estaban hechos un manojo de nervios, agazapados en la oscuridad del pasadizo. A través de una rendija, vieron pasar al General Fitzgerald al humo, con la cara desencajada y una llave de bronce en su puño. Apenas el tipo dobló el pasillo, se arrimaron y corrieron al túnel desmoronado para ver a los hombres debajo

—¡Mirá, Alma! ¡Ahí están! —susurró Mauro, con la voz quebrada.los albañiles terminaban de remover unos escombros y sacaban a Anne. Estaba hecha un desastre: pálida como un papel, llena de tierra, con los ojos cerrados. Parecía que se había quedado fría.

Mauro soltó un quejido, sintiendo cómo el balazo en el brazo le palpitaba con más fuerza. Bajo corriendo sin importar nada

—¡Está muerta, Alma! ¡Me la mataron, la concha de la lora …nooo! —exclamó Mauro,llorando como un niño queriendose tirar por el hueco en un ataque de desesperación.

Alma, con la sangre fría, lo agarró del brazo sano y lo zamarreó.

—¡Callate, Mauro, bajá un cambio! —dijo Alma no queriendo creer eso, apretándole el brazo sano—. ¡Mirá bien! ¡Está respirando! ¡Déjame ver!

Los obreros y los soldados hablaban entre dientes, todos sacados. "Esto es una locura, flaco", decía uno, mientras con cuidado dejaban a Anne en un rincón tapada con una arpillera.

Mauro se cercioró que Anne respiraba, la cargó en sus brazos y la sacó de ahí llevándola al lado contrario del comedor poniendo distancia con el general.

El comedor parecía una olla a presión.

El General entró como un torbellino, buscando con la mirada a la Madre Superiora. Se le plantó enfrente y le revoleó la llave en la cara.

—¡Mirá lo que le saqué a la hija de mi hermano abajo! —le rugió, con la voz ronca aceptando en voz alta por primera vez lo que se había estado negando aceptar —. ¡Me vas a decir ya mismo de dónde es esta llave y qué abre, vieja inmunda, o te juro que no la contás!

La Directora lo miró con una dignidad de hierro, sin achicarse ni un milímetro Pero sin entender de qué hablaba el general. Fitzgerald, ciego de la rabia, desvió la vista hacia los bancos viendo dónde podría encajar esa llave y ahí se le congeló la sangre. El tipo no sabía el número exacto, pero al toque lo noto : faltaban chicas.

—¡¿Dónde están?! —bramó, perdiendo el juicio del todo

Ahí nomás empezó el descontrol. El General tiró un manotazo y empezó a empujar y a pegarle a las monjas que intentaban cubrir a las nenas. Las internas lloraban abrazadas, muertas de miedo. Los soldados que estaban en el comedor, al ver que el tipo le estaba pegando a las hermanas, saltaron a pararlo.

—¡Suelte, General! ¡Basta! —le gritaron, metiéndose en el medio.

—¡Corranse, traidores, los voy a mandar a fusilar a todos! —gritaba Fitzgerald, totalmente sacado, manoteando la pistola reglamentaria.

En medio del tumulto, el Capitán se le plantó de manos para frenar semejante demencia. Se trenzaron a golpes, forcejeando por el arma la cual salió despedido en un rincón del salón. El comedor se volvió una batalla campal; los tiros empezaron a retumbar contra el techo y las paredes.

Al ver que los milicos estaban en otra cosas , las monjas se apresuraron a abrir las ventanas de par en par y empezaron a empujar a las chicas para que saltaran hacia el patio . Las chicas corrían para todos lados, desesperadas, ganando la calle en medio del griterío y los impactos.

Adentro, la pelea llegó a su fin de manera impensable. Se escuchó un estampido más fuerte y el General cayó redondo contra el piso, soltando un quejido seco. El Capitán, también sangrando, se quedó de pie con el arma humeante en la mano. Le había metido un tiro certero en la columna. Fitzgerald intentó arrastrarse Pero no pudo

Tirado en el piso, masticando el polvo del comedor, el General sintió cómo las ventanas empezaban a vibrar. A lo lejos,, se empezó a escuchar el aullido ensordecedor de las sirenas de la policía que venía a rodear el lugar . Pamela y Clara lo habían logrado .El juego se le había terminado.

Mientras se desangraba en el piso, al General se le empezó a deformar la realidad en la cabeza. El aullido de las sirenas de la policía que venía a lo lejos se transformó en un eco pastoso, frío, como traído por el viento del cementerio. La luz de la luna que entraba por los ventanales rotos se puso blanca, helada. A ras del suelo, con los ojos vidriosos por la agonía, vio cómo las sombras tomaban forma: del fondo del comedor desierto apareció la silueta de Máxima, caminando despacio sobre los vidrios rotos. Y a su lado, saliendo de la penumbra, asomó su hermano Alistair con el uniforme impecable pero el rostro pálido de los muertos, mirándolo con un desprecio absoluto. El General quiso gritar, pero solo le salió un borbotón de sangre por la boca




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