Pasó un mes entero desde la noche fatídica en que se pudrió todo. Un mes que sirvió para ir remendando los cuerpos y el alma de los que la sufrieron.
Anne finalmente salió del hospital después de dos semanas eternas; el General la había dejado rota, con la fractura de dos costillas y un brazo enyesado que todavía le molestaba para moverse. Sin contar las pesadillas y ataque s de pánico que llegaban cuando menos lo esperaba
La Madre Superiora la pasó peor: la brutalidad de Fitzgerald la mandó directo al quirófano por una fractura maxilofacial debido a las trompadas que le había pegado el viejo demente. El único que la sacó barata fue Mauro; después de una noche de internación, curaciones por el tiro en el brazo y unos puntos, ya estaba de pie. No quería saber nada con quedarse en una camilla sabiendo que Anne lo necesitaba.
El aire en el convento ya era otro; no se respiraba más ese miedo que te helaba la sangre. Ahora el predio era un hormiguero de camiones, andamios y bolsas de cal. El municipio y el gobierno se habían puesto las pilas mandando fondos y cuadrillas de albañiles de verdad para levantar los dormitorios destrozados y cambiar los ventanales . Mientras duraban las refacciones, las chicas se habían ido reubicando temporalmente en casas de familias solidarias del pueblo, que las recibieron con los brazos abiertos y un plato de comida caliente.
Antes de mover un solo ladrillo, antes de que el ruido de las palas rompiera el silencio de nuevo, todo el pueblo y las chicas se unieron en el patio de tierra para hacerle una hermosa y desgarradora ceremonia de despedida a la hermana Ángeles. El sol de la mañana pegaba pálido sobre el cajón de madera sencilla, que las nenas del convento habían cubierto por completo con flores silvestres que juntaron del campo, las mismas que a Ángeles tanto le gustaba poner en los floreros del comedor.
Las internas lloraban abrazadas, agarrándose de los hábitos de las otras monjas, rotas por la ausencia de esa mujer que les había hecho de madre cuando el mundo les había dado la espalda. Durante los rezos, el comisario y los pocos soldados que se habían plantado para frenar la demencia del General bajaron la cabeza, con un respeto santo, reconociendo que la verdadera heroína de esa noche llevaba un rosario en la mano y no un uniforme.
Cuando llegó el momento del silencio final, el aire se puso espeso, cargado de un dolor compartido que apretaba la garganta de todos los vecinos del pueblo. Anne, apoyada en el hombro de Mauro y con las lágrimas corriéndole por la cara, miró el cajón y supo que cada ladrillo que se levantara a partir de ese día iba a llevar el nombre de Ángeles. Había dado su último suspiro para que ellas pudieran seguir respirando, y ese sacrificio se convirtió en la piedra fundacional de la nueva vida que estaba por arrancar .
Por la tarde estaban mirando la puesta del sol , antes de partir a la casa destinada para ellas cuando la hermana superiora las llama desde la capilla .
—chicas vengan creo que esto debemos estar todas ya que es el motivo de tanto .
Los albañiles habían corrido la pesada mesa de mármol donde el párroco oficiaba la misa todos los domingos, justo al lado de donde solían clavar el parlante viejo para los rezos. Abajo de la tarima, metida en un hueco de piedra que había estado oculto por años, asomaba una caja de hierro macizo, oxidada pero impenetrable.
—Es esa —susurró Mauro, sintiendo que se le ponía la piel de gallina—. La bendita caja que buscaba el viejo loco. La tuvimos abajo de los pies en cada misa.
Un obrero intentó darle con una barreta, pero el hierro antiguo ni se mutó. La religiosa dio un paso adelante. Metió la mano en el bolsillo, sacó la llave de bronce y se agachó frente a la caja. La cerradura estaba tapada de roña, pero la llave calzó justo. Le dio media vuelta y el clack metálico sonó limpito, rebotando en las paredes de la capilla.
Al levantar la pesada tapa de hierro, el corazón casi se les sale del pecho. No había lingotes ni joyas, pero lo que encontraron valía oro en polvo: la bitácora original de Alistair, ajada por los años, y los documentos posta con los sellos oficiales donde detallaba los secuestros y las expropiaciones ,así como también los nombres y apellidos de los causantes de tales aberraciones
La Madre Superiora se llevó las manos a la cara, largando un llanto contenido que venía aguantando . Anne apretó la bitácora contra el pecho y miró a Mauro y a Alma con los ojos vidriosos,
—Por fin se terminó —mira ahí más cosas
conservada milagrosamente. Junto al cuaderno, encontraron un fajo de fotos familiares, los documentos que probaban la identidad real de Anne
Salieron al patio a respirar el aire fresco, sintiendo que el sol de la tarde les entibiaba la cara y a mirar las fotos encontradas
—Miren —dijo Anne, con la voz un poco temblorosa por la emoción—. Estos eran mis viejos.
Mauro y Alma se agacharon para mirar. En la primera foto se veía a Alistair, joven, impecable con su uniforme pero con una sonrisa franca, abrazando a una mujer de ojos dulces que se reía con ganas. El parecido con Anne era impresionante; tenía la misma mirada decidida.
—Qué facha tu viejo, che. Y tu mamá... eras calcada a ella, Anne —dijo Mauro, conmovido, pasando el dedo índice por el borde gastado de la imagen.
—Y este... este era mi hermano —agregó ahogando un sollozo emocionada Anne, deslizando otra foto más chica .
Era la imagen de un nene chiquito, de cachetes inflados, jugando con una pelota de trapo en el patio de una casa enorme.
Al ver la foto de ese hermanito que la dictadura le había robado, a Alma se le llenaron los ojos de lágrimas y le apretó la mano a Anne. Mauro se quedó callado, mirando fijamente el rostro del nene, sintiendo un nudo en el pecho pero también un orgullo tremendo por haber ayudado a que Anne recuperara su identidad y su historia.
—Ahora sabés de dónde venís, Anne. Nadie más te va a poder mentir —le dijo Mauro, mirándola a los ojos con una lealtad inquebrantable.